“Un desafío, un verdadero desafío, una revolución en los hábitos de acción y pensamiento” de los latinoamericanos: en esos términos resumía el excelente diario La República, de Caracas, las decisiones tomadas en Punta del Este. Y, de hecho, basta conversar con latinoamericanos de más de 50 años para medir el carácter innovador y casi escandaloso de la idea integracionista.
Alrededor del año 1930, el argentino o el uruguayo, tan sensibles a las más mínimas informaciones venidas de Londres o París, consideraban a México o Venezuela comarcas tan lejanas y desconocidas como podría ser Mongolia Exterior para un francés de hoy. Y al revés era lo mismo, pero con la diferencia de que las preocupaciones del mexicano o el venezolano se orientaban hacia Nueva York y no hacia París. Cada uno de los Estados desunidos de América Latina había atravesado el siglo XIX dando la espalda a sus vecinos, pero viviendo en (...)


