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Escaladores proletarios contra aristócratas de las cumbres

Cómo la escalada se convirtió en deporte

por Jean-Paul Walch, agosto de 2014

Una cumbre nevada, de la cual emerge un pico afilado. Por un costado, las paredes verticales y sombrías de un acantilado rocoso; por el otro, una pendiente helada cae hacia el abismo. En el medio, un alpinista se recorta sobre un horizonte azulado, con su piqueta en la mano: “Los dirigentes extraordinarios no se contentan con dirigir”, proclama el texto. Pero no estamos en los Alpes ni en el Himalaya, sino en una página del semanario británico The Economist, donde la compañía IE promociona su curso titulado “Leadership positivo y estrategia” (1).

La imaginación colectiva asocia fácilmente los ascensos a las cimas alpinas con la capacidad para superarse y los triunfos de los escaladores con el heroísmo. Seguramente porque los alpinistas trataron durante mucho tiempo de dar esa imagen de sí mismos: “Solo aquel que practica el gran alpinismo puede conocer la grandeza y el rigor”, escribía en 1973 René Desmaison. Ese legendario guía de alta montaña no concebía su pasión como un simple deporte, sino como un “ideal donde lo que estaba en juego era la vida” (2). De allí, sin duda, viene la tendencia del mundo empresarial a apropiarse de la imagen de esos héroes con la mirada fija sobre las cumbres.

No obstante, desde 1948 algunos difieren de esa visión del alpinismo. La revista Tourisme et travail, próxima al sindicato francés Confederación General del Trabajo (CGT), critica el elitismo de esa actividad “repleta del individualismo obstinado de la mayoría de sus adeptos”. Ellos hablan de “la pureza de las cimas”, de la “soledad”, “lejos de lo de abajo”, “allá arriba, solo en medio de la luz”, y hasta “más cerca de Dios”. Pero en el fondo quieren “quedarse entre ellos” (3). En su obra, Alpinisme et compétition, que en 1949, el “bleausard” (escalador de Fontainebleau) Pierre Allain, defiende la escalada como disciplina autónoma: “No es solo antes de una competición en la montaña por lo que vamos a Bleau para escalar, es incluso y sobre todo, porque ese es un juego que nos apasiona por si mismo” (4).

La Federación Deportiva y Gimnástica del Trabajo (FSGT) –próxima al Partido Comunista de Francia– creó en 1953 una “Especialización en montaña” para “rebajar el alpinismo al rango de un deporte como los otros” y de esa manera “destruir lo que cabe llamar una renta sociocultural” (5). Acababa así de crearse el alpinismo laborista, con un eslogan: “Yo encabezo la escalada y dirijo mis itinerarios”. Retoma así el punto de vista de los “sin guías”, que desde finales del siglo pasado se fijaron como objetivo ser autónomos y responsables, en oposición a los pioneros británicos que pagaban a los guías para que escribieran sus nombres en las grandes cumbres de los Alpes.

Desde esa época, los alpinistas ginebrinos se entrenan sobre las paredes rocosas calcáreas de La Varappe, en el vecino monte Salève. Se trataba como siempre de escalar, pero en paredes de altitud modesta. La dificultad no estaba tanto en el entorno y en sus peligros objetivos (grietas, avalanchas, desprendimientos de piedras) sino en lo abrupto de la superficie y en la falta de puntos de apoyo de la roca. Al volverse posible durante todo el año, esa forma de escalar llamada durante mucho tiempo la “varappe”, se convirtió en el siglo XX en una forma de entrenamiento para los candidatos a aventuras aun más arriesgadas en las alturas, cuando llegara el verano. El perfeccionamiento del equipamiento (cuerdas, arneses, mosquetones, clavijas, etc.) y la posibilidad de repetir los itinerarios varias veces y de compartir información a través de las guías topográficas, permitieron un entrenamiento físico y técnico más intenso, con menos incidentes y mayor seguridad.

La FSGT se apoyó en esas bases y fomentó el desarrollo de la escalada, pero actualmente lo hace como una disciplina autónoma, diferente del alpinismo. De esta manera enfrenta al campeón, protegido en las paredes vertiginosas por un equipo superseguro, al héroe que desafía la muerte a cada instante. La federación está convencida de que la democratización de los deportes verticales pasa por la “deportivización” de la escalada y por una reducción de los accidentes. Ya en 1955 había instalado una “torre de escalada” en la fiesta anual del diario comunista L’Humanité (6). En 1980 organizó las “24 horas de Bleau”, primera competición de ese género en Fontainebleau.

El descontento se incubaba también lejos de los Alpes, en los países anglosajones, donde a falta de relieve se practicaba el rock climbing (escalada sobre una gran roca) como actividad independiente. Los intercambios internacionales sirvieron para difundir esa corriente de “escalada pura” hasta en Francia, donde los “hombres de las manos desnudas”, como Patrick Edlinger (que falleció en noviembre de 2012) o Patrick Bérhault (fallecido en 2004), adoptaron un modo de vida “a la californiana”. Se dedicaban exclusivamente a trepar, instalados en sus casas rodantes en los cañones de Verdon, trabajando cada ruta de escalada durante días, combinando flexibilidad y trabajo muscular (7). Para ellos la ­escalada pura se vive plenamente como un deporte autónomo. El documental de Edlinger La vie au bout des doigts (8), dio la vuelta al mundo. Esa corriente se vio reforzada por un fenómeno antiguo: al agotarse las cumbres vírgenes que conquistar, el alpinismo debía cambiar. Dejando de lado la búsqueda aristocrática de ser el “primero” en conquistar una cima, se orientó a la “apertura” de nuevas rutas, más difíciles, donde se daba prioridad a la belleza de las maniobras técnicas.

Para François Mitterrand, elegido presidente de Francia en 1981 con la promesa de “cambiar la vida”, la reducción del tiempo de trabajo (semana de 39 horas, quinta semana de vacaciones pagadas) no debía representar sólo un progreso social, sino también algo que dinamizara el crecimiento económico. Con esa perspectiva, el escritor Yves Ballu, consejero en temas de montañismo en el Ministerio de la Juventud y del Deporte, presentó dieciocho propuestas, entre ellas, tres principales. Una reforma de los oficios de la montaña ponía énfasis en la pedagogía y la animación, para satisfacer mejor las necesidades de las asociaciones que organizan prácticas colectivas. Un plan de apoyo permitió acelerar la construcción de paredes de escalada artificiales en ciudades y en escuelas. La Federación Francesa de la Montaña (FFM) fue autorizada a organizar competiciones, una pequeña revolución en ese clima hostil a todo lo que podía asemejar las actividades verticales a las demás. En 1987 la FFM se convirtió en la Federación Francesa de la Montaña y de la Escalada (FFME), tras fusionarse con la Federación Francesa de la Escalada, nacida dos años antes para organizar competiciones. Después del “nacional-alpinismo” y sus valores de derecha, se trataba –ni más ni menos– de promover una forma de “social-escalada”.

Un decreto del 5 de octubre de 1984 creó la licencia oficial de escalada, que daba derecho a ejercer, de manera remunerada, las actividades monitor, animador y entrenador para escalada sobre bloques (como en el bosque de Fontainebleau), sobre estructura artificial y paredes de roca. Ese nuevo título generó una fuerte oposición del Sindicato de Guías de Alta Montaña, poco acostumbrado a ver sus prerrogativas en discusión.

La FSGT impulsó la construcción de paredes y estructuras artificiales de escalada (SAE) en las escuelas y en medios populares. Dos militantes, Gilles Rotillon y Jean-Marc Blanche, crean los primeros bloques artificiales para entrenamiento, mientras que estudiantes de secundaria junto con sus profesores construyeron la primera pared artificial en Corbeil-Essonne, en 1982. “Con el asesinato del padre (el alpinismo) así consumado, solo quedaba recurrir al cemento armado” (9), claman los que no conciben escalar sin la brisa que sopla sobre los glaciares al alba, o lejos del rojizo granito alpino, y que aborrecen “el olor asfixiante de las subvenciones” (10) concedidas por el Ministerio de Deporte, y que podían alcanzar un tercio del conjunto de los proyectos. Eso no impidió que los muros surgieran como hongos, en gimnasios, escuelas primarias, de secundaria, centros de esparcimiento, parques públicos, en comercios especializados, en clubes… Cinco años después de la iniciativa de los profesores del liceo de Corbeil ya había un centenar de SAE en toda Francia.

En la década de 1980 la organización de competiciones fue el tema más conflictivo. Para la FSGT se trataba de “matar el mito del alpinista superhombre, que impide a muchos jóvenes acceder a ese deporte” (11). Según la federación de trabajadores del deporte, las competiciones divulgarán la escalada, desmitificarán las caídas y atraerán así una gran cantidad de jóvenes hacia los SAE primero, y a las paredes naturales después. Durante la década de 1970 y 1980, la Unión Soviética ya se había desmarcado del punto de vista occidental, al organizar regularmente competiciones de escalada, y hasta de alpinismo en las paredes vírgenes y salvajes del Cáucaso y del Pamir. Pero la mayoría de los escaladores franceses, desde la base hasta la elite, se opuso al proyecto, ofuscada ante la posibilidad de que todo culmine en un deporte-espectáculo, y rechazó cualquier clasificación oficial. Muchos de los mejores montañistas se reunieron y publicaron el “Manifiesto de los 19” (1985), para que su actividad siguiera siendo un “refugio ante ciertos arquetipos de nuestra sociedad, como oposición a todos esos deportes arbitrados, cronometrados, oficializados y de manera demasiado hipócrita, estatalizados”.

Un año antes de la primera competición francesa en pared natural, el Club Alpino Francés se mostraba inquieto: “Contra la opinión de la gran mayoría de los aficionados, contra la opinión de las asociaciones, frente a la pasividad de los dirigentes franceses de los deportes de montaña, bajo la presión de intereses particulares y comerciales, se van a organizar en Francia competiciones de escalada con la participación de los medios de comunicación y con publicidad, altavoces y equipos de sonido, cerveza y salchichas calientes, y también, por supuesto, un público asombrado, y pagando entrada” [[La Montagne et Alpinisme, 1985.]].

Hoy en día existen más de dos mil SAE. Contrariamente al alpinismo, la escalada provoca muy pocos accidentes y se puede practicar en todas las regiones, incluso en las regiones llanas. Se imparte en el colegio y puede ser elegida como materia opcional en el bachillerato. El club alpino desarrolla sus propios equipos de competidores, y disputa a la FFME la organización de las competencias de escalada o de esquí alpino, otro deporte en el que existen clasificaciones y trofeos. Muchos le reprochan actualmente a la FFME abandonar la promoción de la montaña al convertirse en una federación francesa de… “paredes de escalada”.

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(1) The Economist, Londres, 16 de febrero de 2013.

(2) René Desmaison, 342 heures dans les Grandes Jorasses, Hoëbeke, París, 2010 (Primera edición, Flammarion, 1973).

(3) Pierre Lambert, “La montagne ne tue pas”, Tourisme et Travail, N° 7, octubre de 1948.

(4) Pierre Allain, Alpinisme et compétition, Arthaud, Grenoble, 1949.

(5) Montagnes magazine, Grenoble, 1983.

(6) Sport et plein air, Pantin, julio-agosto 2011.

(7) Patrick Edlinger y Jean-Michel Asselin, Patrick Edlinger, Guérin, Chamonix, 2013. Michel Bricola y Dominique Potard, Patrick Bérhault, Guérin, Chamonix, 2008.

(8) Documental de Jean-Paul Janssen, emitido por el canal francés de televisión Antenne 2 en 1982, y nominado para los premios Césars.

(9) Alpinisme et Randonnée, París, 1982.

(10) Ibid.

(11) Montagnes magazine, 1983.

Jean-Paul Walch

Autor de Guide technique et historique de l’alpinisme, Guérin, Chamonix, 2012.