Portada del sitio > Mensual > 2026 > 2026/04 > La ficción que hace que el mundo avance

Dosier especial | Irán: el coste de una locura

La ficción que hace que el mundo avance

“No a la guerra”. En el concierto de las naciones, España ha hecho oír una voz singular. El presidente del Gobierno español explica en nuestras páginas las razones por las que su país rechaza el imperio de la fuerza.

por Pedro Sánchez, abril de 2026
JPEG - 103.7 KB
ZARTOSHT RAHIMI. — Conversation for Conversation, 2025

Nadie cambia su conducta por tener delante una pila de papeles. Hasta que alguien dice que es dinero.

El filósofo John Searle, uno de los más influyentes pensadores sobre el funcionamiento de las instituciones, se valió de este sencillo ejemplo para ilustrar una verdad más profunda: gran parte del mundo social existe porque así lo hemos acordado de manera colectiva. Una línea en un mapa se convierte en una frontera. Las palabras escritas en un tratado se convierten en obligaciones que deben respetarse. Y sí, un trozo de papel se convierte en riqueza.

Estas ficciones compartidas hacen posible la vida en sociedad. El dinero es una de ellas. Y lo mismo cabe decir del sistema multilateral y de las reglas del derecho internacional que organizan las relaciones entre Estados. Sin embargo, muchos de los que nunca ponen en entredicho la primera ficción se apresuran a rechazar la segunda. La razón es sencilla: algunas ficciones ponen límites al poder. Y romper el orden basado en reglas puede ser beneficioso para unos pocos, pero se hace a costa de todos los demás.

En los últimos años, la presión sobre el orden internacional se ha intensificado en dos frentes. Por un lado, algunas grandes potencias y potencias emergentes han visto una oportunidad para debilitar las normas existentes y rehacerlas en su propio beneficio. La expresión más brutal de esta tendencia es la propia guerra. La invasión de Ucrania por parte de Rusia, el devastador genocidio perpetrado en Gaza y los intentos unilaterales de Estados Unidos de organizar cambios de régimen en Venezuela y ahora en Irán —todo ello sin buscar ni siquiera la apariencia de un consentimiento internacional— apuntan a que algunos Gobiernos están poniendo en tela de juicio las bases del sistema internacional. Idéntica lógica se observa más allá del campo de batalla, en el uso del comercio, la tecnología y hasta los flujos migratorios como arma: unas herramientas cada vez más utilizadas para coaccionar a los rivales y satisfacer intereses geopolíticos.

Por otro lado, el orden global basado en reglas se ve también socavado cuando los líderes políticos, ante estas agresiones, optan por el silencio o la ambigüedad en vez de defender el derecho internacional. En su deseo de evitar la confrontación, caen en el apaciguamiento: la creencia errónea de que el comedimiento sosegará a quienes rompen las reglas. Creen que las palabras no pueden dañar el orden internacional como lo hacen las bombas. Se equivocan. Cuando de normas se trata, las palabras construyen mundos. Cuando las potencias de mediano tamaño fracasan en su defensa de las reglas globales —o aún peor, cuando las abandonan—, lo que hacen es acelerar su erosión. La defección no pasa desapercibida. Lo ven los aliados. Lo ven los rivales. Lo ven por igual Estados grandes y pequeños. Y cuando se da un número suficiente de actores que concluyen que las reglas han dejado de tener importancia, el sistema empieza a desmoronarse. Creyendo protegerse a sí mismos, acaban creando el mismo desorden que temen.

A estas dinámicas les subyace una idea sencilla, pero equivocada: la de que, en un mundo multipolar, un regreso a las esferas de influencia beneficiaría a las grandes potencias, generaría un equilibrio estable entre ellas y favorecería a sus ciudadanos. Pero la historia nos dice otra cosa. Cuando desaparecen las normas compartidas, lo que surge no es la estabilidad, sino la rivalidad. Y esto lleva al conflicto y a la pobreza para todos. O más bien para casi todos. La gente debe ser consciente de que gran parte de lo que damos por sentado y que hace que vivamos decentemente —el crecimiento económico, mercados operativos o el bienestar social— reposa en la paz y la estabilidad internacional. El multilateralismo no es un ideal abstracto: es una realidad cotidiana. Un puesto de trabajo en una fábrica de Detroit, un supermercado bien surtido en París, un estudiante en Londres, unas vacaciones en Japón… Nuestra prosperidad reposa, ante todo, en algo tan frágil como esencial: la preservación del orden basado en reglas. Y si alguien lo pone aún en duda, que trate de imaginar cómo se mantendrían nuestros Estados del bienestar con una larga guerra en Oriente Próximo disparando el precio del petróleo a 150 dólares el barril. Con un tercio del suministro de fertilizantes usados en todo el mundo interrumpido por el conflicto, grandes rutas comerciales cortadas, mercados energéticos sumidos en una volatilidad permanente. Este no es un escenario lejano. Es al que nos enfrentamos cuando prevalece la ley del más fuerte. Y es la prueba de que la única alternativa real a un orden multilateral no es un equilibrio distinto, sino el desorden y el caos.

Pese a lo que dicen algunos, el sistema no le está fallando a la gente. Al contrario. En los últimos 75 años, ha ayudado a brindarnos el periodo más próspero y estable en la historia de la humanidad. Las muertes en conflictos armados han descendido a cerca de la mitad en las últimas décadas, por más que su número haya aumentado en tiempos recientes. Los ingresos globales per cápita se han multiplicado por cinco. El comercio internacional se ha extendido a un ritmo sin precedentes, con un volumen global que se ha multiplicado aproximadamente por cuarenta desde 1950, elevando el nivel de vida en todos los continentes. Y una pobreza extrema que ha caído, desde cerca del 60% de la población global afectada, hasta menos de una de cada diez personas. Los progresos están lejos de ser perfectos, pero superan con mucho cualquier otra alternativa ensayada por la humanidad.

Ninguno de estos logros debe impedirnos advertir sus imperfecciones. El sistema multilateral no es lo bastante representativo. Un ejemplo es el Consejo de Seguridad de la ONU, que todavía hoy refleja unos equilibrios de poder propios de 1945 más que del siglo XXI. No cabe duda de que, en ocasiones, las normas internacionales se aplican de manera selectiva. Y cuando son vulneradas, las instituciones suelen carecer de la autoridad o la capacidad para garantizar su respeto.

Pero reconocer que el edificio tiene grietas no debe llevarnos a demolerlo y acabar durmiendo a la intemperie. Y es que un mundo sin un orden basado en reglas es un mundo en el que la fuerza bruta se impone, la coacción sale barata y la coordinación para resolver los problemas de la humanidad es más dificultosa. No podemos permitirnos algo así. No ahora.

Una pala para la temporada de nevadas

Hoy más que nunca necesitamos mecanismos de gobernanza global. Los Estados nación siguen siendo los principales actores de la política internacional, aunque muchos de los desafíos actuales no entienden de fronteras y ningún país puede resolverlos en solitario. Es más: son mucho más complejos y más urgentes que aquellos a los que se enfrentaban las sociedades cuando se diseñó por vez primera la arquitectura multilateral. El cambio climático amenaza con remodelar la vida en vastas regiones del planeta. Los movimientos migratorios reflejan profundos desequilibrios globales y se han convertido en un enorme desafío político en muchas sociedades. Y el desarrollo de la inteligencia artificial, así como el cada vez más rápido avance de los cambios tecnológicos, plantea nuevos riesgos que ignoran por completo las fronteras.

Estos desafíos requieren la cooperación global. Y solo un sistema multilateral puede procurárnosla. Pero si queremos que arroje los resultados esperados, será preciso hacer cambios. Cambios estructurales. Y urgentes.

En primer lugar, debemos abandonar la ilusión de que el sistema multilateral puede actuar como un corsé sobre la distribución real del poder en el mundo. Si queremos que el sistema sobreviva, debe reflejar los equilibrios de poder del siglo XXI. El Consejo de Seguridad de la ONU es el ejemplo más claro de este anacronismo: su membresía, su estructura y el sistema de veto contradicen los propios principios en los que se funda el orden multilateral. Gran parte de la percepción de que el sistema no es capaz de dar respuesta a las actuales crisis de seguridad deriva de esta falta de adaptación.

En segundo lugar, el sistema debe volverse más democrático, diverso e inclusivo. Los países del Sur Global no pueden seguir siendo receptores pasivos de recursos. Deben convertirse en agentes activos de su propio futuro, con voz, voto e influencia real en las instituciones multilaterales. Las grandes democracias del Sur Global deben tener un lugar en la mesa donde se toman las decisiones más importantes sobre gobernanza mundial.

En tercer lugar, debemos reforzar la capacidad de supervisión y la autoridad de las instituciones responsables de la seguridad global. Las reglas solo cuentan si pueden ser supervisadas, defendidas y aplicadas. Llevamos demasiado tiempo viendo cómo los que las violan gozan de un sueño tranquilo, mientras que aquellos que las respetan se limitan a emitir declaraciones de “gran preocupación”. Este equilibrio debe cambiar: la preocupación ha de cambiar de bando. Es hora de que quienes quebrantan las leyes se sientan bajo presión y quienes las defienden actúen con la resolución que exige el momento actual.

Por consiguiente, las reformas deben centrarse tanto en la eficiencia como en la representatividad: procesos más rápidos de toma de decisiones, exigencias más claras y mecanismos de implementación de las decisiones colectivas más poderosos. Y todo ello ha de lograrse a la vez que se cambian las instituciones internacionales para hacerlas más eficaces y menos burocráticas, además de reforzar su capacidad de respuesta a crisis urgentes. Sin ello, la credibilidad del sistema multilateral seguirá viéndose erosionada.

El mejor futuro posible para Europa

En ninguna parte es tan clara la lógica del multilateralismo como en Europa. La Unión Europea nació de una dura lección: la rivalidad sin restricciones había acabado provocando una catástrofe en dos ocasiones. Había fallado a los pueblos, a las economías y a los Estados del continente. El derecho internacional, las instituciones multinacionales y la soberanía compartida no fueron, por tanto, aspiraciones idealistas. Fueron instrumentos primero de supervivencia y más adelante de prosperidad.

El proyecto europeo muestra lo que sucede cuando la interdependencia, en lugar de ser vista como un riesgo, es encauzada. Por medio de normas e instituciones comunes, los Estados europeos convirtieron un continente antaño definido por la guerra en uno definido por la cooperación, la integración y el desarrollo. Hoy, los países europeos se encuentran entre los que ocupan los puestos más altos en los índices globales de bienestar, esperanza de vida, desarrollo social y democracia. Y, sobre todo, han preservado la paz en un continente que llevaba siglos siendo el epicentro de conflictos globales.

Así pues, para Europa, el multilateralismo no es solo un compromiso normativo. Es una necesidad estructural. En un mundo gobernado por reglas e instituciones, Europa goza de una influencia mucho mayor de lo que sugerirían por sí solos su población o su PIB. La Unión Europea amplifica el poder de sus Estados miembros al insertarlos en un sistema de derecho, reglas y cooperación.

También lo contrario es cierto. En un mundo dominado por esferas de influencia y poder en bruto, la posición estructural de Europa se deteriora. La política basada en un poder bilateral propicia actores de mayores dimensiones y más coercitivos. La interdependencia económica se convierte en una herramienta de presión más que de prosperidad. Las alianzas de seguridad se vuelven frágiles. Y la apertura de Europa —una de sus mayores fuerzas— se transforma en una vulnerabilidad.

Las consecuencias de esta erosión ya son visibles. Conforme se debilita el orden basado en reglas, la competencia geopolítica, la coacción económica y la presión externa ponen cada vez más a prueba la cohesión del propio proyecto europeo. En un mundo más fragmentado, la tentación de replegarse a estrechos cálculos nacionales se hace más fuerte.

Con todo, ese camino solo ofrece una ilusión de seguridad. En lo que a Europa respecta, el abandono del multilateralismo no restauraría su soberanía, sino que reduciría su influencia. El propio proyecto europeo demuestra que la cooperación puede contener la rivalidad y que las reglas pueden transformar la interdependencia: de fuente de vulnerabilidad a fuerza de estabilidad y prosperidad.

Una oportunidad que se da una vez en cada generación

El orden internacional reposa en una creencia compartida: el poder puede verse limitado por el derecho, los compromisos pueden ser más duraderos que los intereses inmediatos y la cooperación puede moderar la rivalidad. Algunos dirán que estas creencias son una ficción. Pero es precisamente esta ficción la que ha permitido que millones y millones de personas cooperen, comercien, prosperen y vivan más pacíficamente de lo que se ha hecho en cualquier otra época de la historia.

De ahí que la crisis actual deba ser tratada no como un inevitable declive del multilateralismo, sino como una prueba a la que se somete nuestra voluntad de renovarlo. La oportunidad que se nos brinda se presenta una vez en cada generación: la de reformar —más que abandonar— las reglas compartidas a escala global, las normas y las instituciones que hacen posible la cooperación. Sin ellas, el presunto realismo no tarda en disolverse en algo mucho más brutal: la ley del más fuerte.

NECESITAMOS TU APOYO

La prensa libre e independiente está amenazada, es importante para la sociedad garantizar su permanencia y la difusión de sus ideas.

Pedro Sánchez

Presidente del Gobierno de España, secretario general del PSOE y presidente de la Internacional Socialista.

DossierIrán: el coste de una locura

Genocidio, anexiones, agresiones: Tel Aviv y Washington ya no rinden cuentas. Ni ante sus aliados ni ante las Naciones Unidas; ni sobre sus fines ni sobre sus medios, a pesar de que estos son manifiestamente ilegales. El multilateralismo se ve sometido a una dura prueba. El Sur Global, dividido, solo se compromete con reticencia. Y Europa consiente los bombardeos de barrios residenciales de (...)
  • Cuando Israel arrastra a Estados Unidos

    Adlene Mohammedi
    La génesis del ataque estadounidense contra Irán es singularmente opaca. Se produjo en plena negociación sobre el expediente nuclear en Ginebra, cuando un acuerdo parecía posible. En estas condiciones, resulta difícil no reconocer que se trata de una guerra israelí
  • Una necesidad irrefrenable de guerra

    Gideon Levy
    La impopularidad del primer ministro Benjamín Netanyahu no impide que la mayoría de los israelíes apruebe sin reservas la guerra contra Irán. Esta unión sagrada, que va más allá del trauma provocado por el ataque del 7 de octubre de 2023, pone de manifiesto las contradicciones de la sociedad y su negativa a realizar la más mínima autocrítica respecto al terror que Tel Aviv hace reinar en la (...)
  • Moscú: ¿el gran ganador?

    Hélène Richard
    Más ingresos petroleros para Moscú, menos municiones para Kiev: la guerra en Oriente Próximo beneficia a Rusia. Sin embargo, muchos expertos rusos consideran que la desestabilización del socio estratégico iraní deja al Kremlin en una posición delicada.
  • El Líbano, bajo el fuego

    Akram Belkaïd
    Al igual que en Gaza o en Siria, a Tel Aviv le mueve también una lógica de conquistas territoriales. Antes incluso de la creación de Israel, los promotores del “hogar nacional judío” reivindicaban ya la parte meridional del Líbano actual
  • Una docilidad muy mal recompensada

    Pierre Rimbert y Serge Halimi
    Carente de un pretexto serio y de justificación legal, la agresión israeloestadounidense contra Irán subraya la inexistencia de Europa ante una guerra que compromete su seguridad y amenaza su economía. Un mutis tanto más espectacular por cuanto Washington rompió con anterioridad un tratado con Irán negociado por el conjunto de los países (...)

    Recuadro: ¿Empezar por Irak y acabar por Turquía?

  • El mito de los bombardeos libertadores

    Mathias Delori
    “Ataques selectivos”, cazas guiados por satélite, misiles cargados de tecnología… La guerra mediante bombardeos aéreos, en apariencia tan simple y controlada como un videojuego, se supone que permite alcanzar eficazmente objetivos estratégicos preservando la vida de las tropas. Sin embargo, la historia muestra los límites de este (...)
  • “Nuestros valores”: 28 millones de muertos

    Pierre Rimbert
    En 2020, un grupo de investigadores universitarios hizo pública una herramienta inédita: una base de datos que registra, desde la década de 1950 hasta nuestros días, el uso de un arma diplomática que solemos suponer más benigna y humana que la guerra: las sanciones. De ordinario, son los países occidentales los que las imponen y los del Sur, los que las sufren. Y, en siete de cada diez casos, no (...)
  • Los trovadores de la guerra

    Anne-Cécile Robert
    ¿Por qué preocuparse por el derecho cuando uno cree que le asiste la razón moral? Según algunos responsables políticos o juristas complacientes, el ataque ilegal de Estados Unidos e Israel contra Irán debe ser aprobado porque ha sido “justo”. Pretendidamente innovador, este discurso peligroso pasa por alto cien años de avances jurídicos y (...)
  • Los hutíes, a la expectativa

    Quentin Müller
    El movimiento yemení ha sido duramente golpeado por las represalias estadounidenses e israelíes. Teherán podría, sin embargo, movilizar militarmente a este aliado en caso de sufrir reveses importantes, especialmente para perturbar el tráfico en el mar Rojo.
    Miniatura del mapa

    Cartografía: El petróleo, en el centro de la guerra

Artículo anterior

Los hutíes, a la expectativa

Artículo siguiente

La crisis financiera que viene