
- ZARTOSHT RAHIMI. — Conversation for Conversation, 2025
Nadie cambia su conducta por tener delante una pila de papeles. Hasta que alguien dice que es dinero.
El filósofo John Searle, uno de los más influyentes pensadores sobre el funcionamiento de las instituciones, se valió de este sencillo ejemplo para ilustrar una verdad más profunda: gran parte del mundo social existe porque así lo hemos acordado de manera colectiva. Una línea en un mapa se convierte en una frontera. Las palabras escritas en un tratado se convierten en obligaciones que deben respetarse. Y sí, un trozo de papel se convierte en riqueza.
Estas ficciones compartidas hacen posible la vida en sociedad. El dinero es una de ellas. Y lo mismo cabe decir del sistema multilateral y de las reglas del derecho internacional que organizan las relaciones entre Estados. Sin embargo, muchos de los que nunca ponen en entredicho la primera ficción se apresuran a rechazar la segunda. La razón es sencilla: algunas ficciones ponen límites al poder. Y romper el orden basado en reglas puede ser beneficioso para unos pocos, pero se hace a costa de todos los demás.
En los últimos años, la presión sobre el orden internacional se ha intensificado en dos frentes. Por un lado, algunas grandes potencias y potencias emergentes han visto una oportunidad para debilitar las normas existentes y rehacerlas en su propio beneficio. La expresión más brutal de esta tendencia es la propia guerra. La invasión de Ucrania por parte de Rusia, el devastador genocidio perpetrado en Gaza y los intentos unilaterales de Estados Unidos de organizar cambios de régimen en Venezuela y ahora en Irán —todo ello sin buscar ni siquiera la apariencia de un consentimiento internacional— apuntan a que algunos Gobiernos están poniendo en tela de juicio las bases del sistema internacional. Idéntica lógica se observa más allá del campo de batalla, en el uso del comercio, la tecnología y hasta los flujos migratorios como arma: unas herramientas cada vez más utilizadas para coaccionar a los rivales y satisfacer intereses geopolíticos.
Por otro lado, el orden global basado en reglas se ve también socavado cuando los líderes políticos, ante estas agresiones, optan por el silencio o la ambigüedad en vez de defender el derecho internacional. En su deseo de evitar la confrontación, caen en el apaciguamiento: la creencia errónea de que el comedimiento sosegará a quienes rompen las reglas. Creen que las palabras no pueden dañar el orden internacional como lo hacen las bombas. Se equivocan. Cuando de normas se trata, las palabras construyen mundos. Cuando las potencias de mediano tamaño fracasan en su defensa de las reglas globales —o aún peor, cuando las abandonan—, lo que hacen es acelerar su erosión. La defección no pasa desapercibida. Lo ven los aliados. Lo ven los rivales. Lo ven por igual Estados grandes y pequeños. Y cuando se da un número suficiente de actores que concluyen que las reglas han dejado de tener importancia, el sistema empieza a desmoronarse. Creyendo protegerse a sí mismos, acaban creando el mismo desorden que temen.
A estas dinámicas les subyace una idea sencilla, pero equivocada: la de que, en un mundo multipolar, un regreso a las esferas de influencia beneficiaría a las grandes potencias, generaría un equilibrio estable entre ellas y favorecería a sus ciudadanos. Pero la historia nos dice otra cosa. Cuando desaparecen las normas compartidas, lo que surge no es la estabilidad, sino la rivalidad. Y esto lleva al conflicto y a la pobreza para todos. O más bien para casi todos. La gente debe ser consciente de que gran parte de lo que damos por sentado y que hace que vivamos decentemente —el crecimiento económico, mercados operativos o el bienestar social— reposa en la paz y la estabilidad internacional. El multilateralismo no es un ideal abstracto: es una realidad cotidiana. Un puesto de trabajo en una fábrica de Detroit, un supermercado bien surtido en París, un estudiante en Londres, unas vacaciones en Japón… Nuestra prosperidad reposa, ante todo, en algo tan frágil como esencial: la preservación del orden basado en reglas. Y si alguien lo pone aún en duda, que trate de imaginar cómo se mantendrían nuestros Estados del bienestar con una larga guerra en Oriente Próximo disparando el precio del petróleo a 150 dólares el barril. Con un tercio del suministro de fertilizantes usados en todo el mundo interrumpido por el conflicto, grandes rutas comerciales cortadas, mercados energéticos sumidos en una volatilidad permanente. Este no es un escenario lejano. Es al que nos enfrentamos cuando prevalece la ley del más fuerte. Y es la prueba de que la única alternativa real a un orden multilateral no es un equilibrio distinto, sino el desorden y el caos.
Pese a lo que dicen algunos, el sistema no le está fallando a la gente. Al contrario. En los últimos 75 años, ha ayudado a brindarnos el periodo más próspero y estable en la historia de la humanidad. Las muertes en conflictos armados han descendido a cerca de la mitad en las últimas décadas, por más que su número haya aumentado en tiempos recientes. Los ingresos globales per cápita se han multiplicado por cinco. El comercio internacional se ha extendido a un ritmo sin precedentes, con un volumen global que se ha multiplicado aproximadamente por cuarenta desde 1950, elevando el nivel de vida en todos los continentes. Y una pobreza extrema que ha caído, desde cerca del 60% de la población global afectada, hasta menos de una de cada diez personas. Los progresos están lejos de ser perfectos, pero superan con mucho cualquier otra alternativa ensayada por la humanidad.
Ninguno de estos logros debe impedirnos advertir sus imperfecciones. El sistema multilateral no es lo bastante representativo. Un ejemplo es el Consejo de Seguridad de la ONU, que todavía hoy refleja unos equilibrios de poder propios de 1945 más que del siglo XXI. No cabe duda de que, en ocasiones, las normas internacionales se aplican de manera selectiva. Y cuando son vulneradas, las instituciones suelen carecer de la autoridad o la capacidad para garantizar su respeto.
Pero reconocer que el edificio tiene grietas no debe llevarnos a demolerlo y acabar durmiendo a la intemperie. Y es que un mundo sin un orden basado en reglas es un mundo en el que la fuerza bruta se impone, la coacción sale barata y la coordinación para resolver los problemas de la humanidad es más dificultosa. No podemos permitirnos algo así. No ahora.
Una pala para la temporada de nevadas
Hoy más que nunca necesitamos mecanismos de gobernanza global. Los Estados nación siguen siendo los principales actores de la política internacional, aunque muchos de los desafíos actuales no entienden de fronteras y ningún país puede resolverlos en solitario. Es más: son mucho más complejos y más urgentes que aquellos a los que se enfrentaban las sociedades cuando se diseñó por vez primera la arquitectura multilateral. El cambio climático amenaza con remodelar la vida en vastas regiones del planeta. Los movimientos migratorios reflejan profundos desequilibrios globales y se han convertido en un enorme desafío político en muchas sociedades. Y el desarrollo de la inteligencia artificial, así como el cada vez más rápido avance de los cambios tecnológicos, plantea nuevos riesgos que ignoran por completo las fronteras.
Estos desafíos requieren la cooperación global. Y solo un sistema multilateral puede procurárnosla. Pero si queremos que arroje los resultados esperados, será preciso hacer cambios. Cambios estructurales. Y urgentes.
En primer lugar, debemos abandonar la ilusión de que el sistema multilateral puede actuar como un corsé sobre la distribución real del poder en el mundo. Si queremos que el sistema sobreviva, debe reflejar los equilibrios de poder del siglo XXI. El Consejo de Seguridad de la ONU es el ejemplo más claro de este anacronismo: su membresía, su estructura y el sistema de veto contradicen los propios principios en los que se funda el orden multilateral. Gran parte de la percepción de que el sistema no es capaz de dar respuesta a las actuales crisis de seguridad deriva de esta falta de adaptación.
En segundo lugar, el sistema debe volverse más democrático, diverso e inclusivo. Los países del Sur Global no pueden seguir siendo receptores pasivos de recursos. Deben convertirse en agentes activos de su propio futuro, con voz, voto e influencia real en las instituciones multilaterales. Las grandes democracias del Sur Global deben tener un lugar en la mesa donde se toman las decisiones más importantes sobre gobernanza mundial.
En tercer lugar, debemos reforzar la capacidad de supervisión y la autoridad de las instituciones responsables de la seguridad global. Las reglas solo cuentan si pueden ser supervisadas, defendidas y aplicadas. Llevamos demasiado tiempo viendo cómo los que las violan gozan de un sueño tranquilo, mientras que aquellos que las respetan se limitan a emitir declaraciones de “gran preocupación”. Este equilibrio debe cambiar: la preocupación ha de cambiar de bando. Es hora de que quienes quebrantan las leyes se sientan bajo presión y quienes las defienden actúen con la resolución que exige el momento actual.
Por consiguiente, las reformas deben centrarse tanto en la eficiencia como en la representatividad: procesos más rápidos de toma de decisiones, exigencias más claras y mecanismos de implementación de las decisiones colectivas más poderosos. Y todo ello ha de lograrse a la vez que se cambian las instituciones internacionales para hacerlas más eficaces y menos burocráticas, además de reforzar su capacidad de respuesta a crisis urgentes. Sin ello, la credibilidad del sistema multilateral seguirá viéndose erosionada.
El mejor futuro posible para Europa
En ninguna parte es tan clara la lógica del multilateralismo como en Europa. La Unión Europea nació de una dura lección: la rivalidad sin restricciones había acabado provocando una catástrofe en dos ocasiones. Había fallado a los pueblos, a las economías y a los Estados del continente. El derecho internacional, las instituciones multinacionales y la soberanía compartida no fueron, por tanto, aspiraciones idealistas. Fueron instrumentos primero de supervivencia y más adelante de prosperidad.
El proyecto europeo muestra lo que sucede cuando la interdependencia, en lugar de ser vista como un riesgo, es encauzada. Por medio de normas e instituciones comunes, los Estados europeos convirtieron un continente antaño definido por la guerra en uno definido por la cooperación, la integración y el desarrollo. Hoy, los países europeos se encuentran entre los que ocupan los puestos más altos en los índices globales de bienestar, esperanza de vida, desarrollo social y democracia. Y, sobre todo, han preservado la paz en un continente que llevaba siglos siendo el epicentro de conflictos globales.
Así pues, para Europa, el multilateralismo no es solo un compromiso normativo. Es una necesidad estructural. En un mundo gobernado por reglas e instituciones, Europa goza de una influencia mucho mayor de lo que sugerirían por sí solos su población o su PIB. La Unión Europea amplifica el poder de sus Estados miembros al insertarlos en un sistema de derecho, reglas y cooperación.
También lo contrario es cierto. En un mundo dominado por esferas de influencia y poder en bruto, la posición estructural de Europa se deteriora. La política basada en un poder bilateral propicia actores de mayores dimensiones y más coercitivos. La interdependencia económica se convierte en una herramienta de presión más que de prosperidad. Las alianzas de seguridad se vuelven frágiles. Y la apertura de Europa —una de sus mayores fuerzas— se transforma en una vulnerabilidad.
Las consecuencias de esta erosión ya son visibles. Conforme se debilita el orden basado en reglas, la competencia geopolítica, la coacción económica y la presión externa ponen cada vez más a prueba la cohesión del propio proyecto europeo. En un mundo más fragmentado, la tentación de replegarse a estrechos cálculos nacionales se hace más fuerte.
Con todo, ese camino solo ofrece una ilusión de seguridad. En lo que a Europa respecta, el abandono del multilateralismo no restauraría su soberanía, sino que reduciría su influencia. El propio proyecto europeo demuestra que la cooperación puede contener la rivalidad y que las reglas pueden transformar la interdependencia: de fuente de vulnerabilidad a fuerza de estabilidad y prosperidad.
Una oportunidad que se da una vez en cada generación
El orden internacional reposa en una creencia compartida: el poder puede verse limitado por el derecho, los compromisos pueden ser más duraderos que los intereses inmediatos y la cooperación puede moderar la rivalidad. Algunos dirán que estas creencias son una ficción. Pero es precisamente esta ficción la que ha permitido que millones y millones de personas cooperen, comercien, prosperen y vivan más pacíficamente de lo que se ha hecho en cualquier otra época de la historia.
De ahí que la crisis actual deba ser tratada no como un inevitable declive del multilateralismo, sino como una prueba a la que se somete nuestra voluntad de renovarlo. La oportunidad que se nos brinda se presenta una vez en cada generación: la de reformar —más que abandonar— las reglas compartidas a escala global, las normas y las instituciones que hacen posible la cooperación. Sin ellas, el presunto realismo no tarda en disolverse en algo mucho más brutal: la ley del más fuerte.









