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Un día como cualquier otro

Editorial, por Benoît Bréville, mayo de 2026

Era una noche como cualquier otra. El martes 7 de abril, a las 21:00, el canal generalista francés TF1 emitía un nuevo episodio del programa de telerrealidad Koh-Lanta, M6 apostaba por una vieja entrega de Pesadilla en la cocina y la cadena francoalemana Arte se dedicaba a su pasatiempo favorito —denunciar la amenaza rusa— con un documental sobriamente titulado ¿Europa en manos de Putin?

Con todo, ese día tuvo poco de ordinario. Horas antes, Donald Trump había publicado en redes sociales un mensaje de una violencia inaudita: “Toda una civilización morirá esta noche para no volver jamás”. Se refería a Irán y a sus 90 millones de habitantes, y hasta ponía plazo al genocidio anunciado: las 20:00 en Washington, en horario de máxima audiencia.

También las palabras pueden ser criminales. En Núremberg, en 1946, el editor y propagandista nazi Julius Streicher —que no había ejecutado a nadie, ni había ordenado personalmente masacre alguna— fue condenado por crímenes contra la humanidad por sus llamamientos al exterminio de los judíos. Desde entonces, la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio prohíbe “la instigación directa y pública a cometer genocidio”. Y el derecho internacional humanitario proscribe los “actos o amenazas de violencia cuyo principal objetivo sea extender el terror entre la población civil”. Como escribe el filósofo Mathias Risse, se trata incluso de “uno de los mayores logros del orden jurídico internacional derivado de la Segunda Guerra Mundial. Este se basa en el reconocimiento del hecho de que el discurso sobre la destrucción de una civilización no es solo un síntoma de la atrocidad, sino uno de sus instrumentos” (1).

Los dirigentes europeos saben, cuando les conviene, tomarse las palabras en serio. Quince años atrás, sacaron a colación las de Muamar el Gadafi y su hijo, que prometieron “purgar Libia casa por casa” y “hacer correr ríos de sangre” para legitimar una intervención militar en el país. Actualmente, Trump puede vocear un genocidio, el crimen más grave contemplado por el derecho internacional, y todos siguen a lo suyo. China instó a una “desescalada”. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y la jefa de la diplomacia comunitaria, Kaja Kallas, guardaron silencio. La conducta de Trump “es fuente de una gran imprevisibilidad y una gran incertidumbre que se han colado en nuestra vida cotidiana”, comentaba remilgadamente el ministro de Asuntos Exteriores francés, Jean-Noël Barrot. En cuanto al expresidente estadounidense Barack Obama, su único tuit del día lo dedicó a la victoria de un equipo universitario de baloncesto. Nadie pidió cuentas ni reclamó sanciones, ni siquiera se juzgó útil calificar con claridad semejantes palabras. Los comentaristas dedicaron todo el 7 de abril a especular sobre las intenciones del presidente estadounidense —¿lo hará?, ¿es una estrategia de negociación?— mientras las cadenas de información continua desplegaban sus impactantes rótulos: “Esta noche, a las 2, fin del ultimátum. ¿Trump destruirá Irán? Sígalo en directo en BFM TV”.

La acumulación de crisis (ecológica, sanitaria, económica, energética…), la multiplicación de los conflictos, el genocidio perpetrado en Gaza ante la indiferencia de las cancillerías y la sucesión de noticias dramáticas a un ritmo cada vez más frenético han generado una tolerancia hacia lo peor unida a una sensación de impotencia. Este día, casi como cualquier otro, puede que sea el último de Irán, pero para “nosotros” el sol se levantará mañana como hizo hoy, así que ¿para qué preocuparse? Esta vez Trump no llevó a cabo su amenaza. Pero, en ausencia de toda resistencia, sus palabras ya han hecho su trabajo. Han ensanchado las fronteras de lo decible y han empezado ya a trazar las de lo posible

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(1) Mathias Risse, “‘A whole civilization will die tonight’: The day the American president threatened genocide”, Harvard Kennedy School, 8 de abril de 2026, www.hks.harvard.edu

Benoît Bréville

Director de Le Monde diplomatique.