Como las setas en otoño, en épocas caniculares proliferan los relatos de “fácil lectura”, que pueden ser policiacos, de sexo, playeros o todo junto. Los diarios rivalizan en ofertas de viejas ediciones a precios irrisorios, que sus compradores ocultan por no pasar por frívolos u obsesos. Y no tienen por qué ser ni una cosa ni la otra: el gran Onetti confesaba ser un ferviente lector de “policiales”, como él decía (Somerset Maugham de preferencia), y el igualmente inmenso Roland Barthes admitía que todas las noches se iba a la cama con una novela clásica (Flaubert, Balzac…) y otra del género negro. La primera alimentaba su cultura; la segunda le servía para actualizar la prosa, siempre que el modelo tuviese un “ritmo frenético y un lenguaje castizo y coloquial”, como la primera página de Los cuerpos extraños de Lorenzo Silva.
El protagonista recibe una llamada telefónica de su jefe: —Perdona (...)


