A diferencia de lo que ocurrió en la música o en las artes plásticas, las élites culturales francesas mostraron poco interés por el arte coreográfico durante buena parte del siglo XX. Fue en Alemania (Mary Wigman, Rudolf Laban) y Estados Unidos (Isadora Duncan, Martha Graham) donde surgió la danza “moderna”; y no en Francia, donde la danza clásica ejercía su hegemonía, encarnada por el cuerpo de ballet de las óperas. Aislados de la intelectualidad, dominados estética y políticamente, los bailarines faltaron a su cita con la modernidad. Y cuando, en 1961, el ministro de Cultura André Malraux creó una dirección de teatro, música y acción cultural, el arte coreográfico siguió siendo sinónimo de ballet clásico.
Esta situación hunde sus raíces en la historia. A finales del siglo XVI se desarrolló un nuevo interés por el arte coreográfico y en la corte se formalizó una danza culta. Junto con la esgrima y (...)


