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Cuando Trump azuza a la jauría

por Philippe Descamps, febrero de 2025

“¡No, no se lo puedo asegurar!”. El 6 de enero, un día después de que el Congreso estadounidense confirmara la victoria electoral de Donald Trump, este se negó a excluir el recurso a una “coerción militar o económica” para hacerse con el control de Groenlandia —o del canal de Panamá—. De repente, su conferencia de prensa adquirió cierto relieve. Esos treinta segundos en una conversación de varias horas bastaron para jalear a la jauría periodística. Si Vladímir Putin o Xi Jinping hubieran hecho una declaración semejante a propósito de Alaska o Hawái, respectivamente, el ambiente habría sido un tanto distinto.

Muchos analistas hicieron gala de una estupefacción salpimentada de risitas burlonas. Pero, en definitiva, se apropiaron de las fantasías del nuevo presidente, más inspiradas por la serie de televisión danesa Borgen que por la realidad y la historia de la isla helada (1). El interés de Estados Unidos por Groenlandia viene de antiguo: lleva tratando de adquirirla desde 1868. La oferta se repitió en 1910, y más tarde en 1946, cuando Harry Truman ofreció 100 millones de dólares. Pero si el acuerdo nunca llegó a cerrarse, fue porque no resultaba lo bastante ventajoso, ya que los daneses saben mostrarse complacientes.

Con un tono a lo Ronald Reagan, Trump hizo referencia a la “seguridad nacional” y a la “defensa del mundo libre”. No obstante, durante la Segunda Guerra Mundial y, más adelante, durante la Guerra Fría, Estados Unidos pudo instalar allí todas las bases necesarias —desde su punto de vista— para controlar el norte del Atlántico y el Ártico. Unas bases ahora abandonadas, como la de Camp Century, que supuestamente iba a acoger misiles nucleares bajo el hielo. Solo subsiste la de Thule (rebautizada como Pituffik en 2023), que permite posicionar bombarderos estratégicos a medio camino entre Moscú y Nueva York.

Trump ve buques chinos o rusos “por todas partes”. Y cierto es que la Federación de Rusia dispone de ocho rompehielos nucleares, mientras que la única nave estadounidense de dimensiones comparables —impulsada por diesel y gas— lleva en servicio desde 1976. En mayo de 2017, durante su anterior mandato, el republicano prometió que su Administración construiría un rompehielos pesado y, “si es posible, una decena más”. La Guardia Costera confía en recibir el primero… en 2029.

En cuanto a los supuestos recursos minerales, a los groenlandeses les cuesta encontrar inversores, dadas las enormes dificultades de explotación. Llegado el momento de construir una fábrica de aluminio cerca de una central hidroeléctrica, el gigante estadounidense Alcoa acabó decantándose por Islandia. El signo de desinterés económico más manifiesto sigue siendo la ausencia de vuelos civiles directos a Norteamérica. Se prevé que United Airlines abra la primera línea el próximo junio, principalmente para el turismo.

Muchos periodistas también se dedican a confrontar —sin perspectiva histórica— la concepción de Trump y la danesa en cuanto a la soberanía sobre este territorio. Y eso pese que Estados Unidos estuvo entre los primeros en reconocerla en un documento del 4 de agosto de 1916, a cambio de la adquisición de las Antillas Danesas, convertidas en las Islas Vírgenes de Estados Unidos. A petición de Noruega, el Tribunal Permanente de Justicia Internacional validó dicha soberanía en abril de 1933.

“No estamos en venta y nunca lo estaremos”, le respondió el primer ministro groenlandés Mute Egede al nuevo presidente estadounidense. El pueblo inuit que lo eligió aspira a la independencia, pero desea conservar el modelo social nórdico y hallar por su cuenta sustitutos para la preciosa ayuda financiera brindada por Dinamarca.

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(1) Léase “El lento camino de Groenlandia hacia la independencia”, Le Monde diplomatique en español, abril de 2023.

Philippe Descamps

Periodista.