¿Qué menos podía hacer el poeta británico Ted Hughes, marido de Sylvia Plath, que publicar la edición completa de la poesía de su mujer? ¿Borró así su sentimiento de culpa por haber precipitado a la madre de sus hijos al suicidio?
Cualquier lector de los Diarios de Plath adivina el desenlace que esta mujer joven, atormentada por los celos, ejecutó de un modo escalofriante. Preparó los vasos de leche para el desayuno de sus niños, se encerró en la cocina, abrió el gas, introdujo la cabeza en el horno y dejó humeante uno de los testimonios más tristes y desesperantes del fracaso humano. No del fracaso de su obra, poesía y prosa, que hoy aplaudimos con entusiasmo.
Ted Hughes censuró los Diarios de Sylvia Plath. Destruyó muchas páginas, dijo, para evitar el sufrimiento que habrían ocasionado a los hijos de la pareja. Menos mal que el resto quedó a salvo.
Se cumplen cincuenta (...)


