Toda una generación de bailarines y coreógrafos africanos ha adoptado el género y la etiqueta de danza “contemporánea” o “afrocontemporánea”. Por una razón sencilla: “comprendió que había que subirse al tren en marcha, aunque no fuera ella quien lo condujera”, explica la investigadora Annie Bourdié. Los demás, en el andén, al margen de los raíles de la modernización, solo iban a poder ser ya los partidarios de la danza tradicional, ese misterioso folclore, inmóvil, inmutable y sin historia, pasado y superado.
Historia frente a prehistoria, contemporáneo frente a tradicional: semejante clasificación parece caricaturesca, pero responde a realidades políticas y económicas. En Francia, en la década de 1980, bajo el impulso del ministro de Cultura Jack Lang, la danza contemporánea se benefició de una fuerte institucionalización e impuso la creación como criterio de valor. La política de cooperación trató de fomentar y promover en el continente africano la práctica de esta danza (...)


