En el vasto taller en que quedó convertido el museo del Jeu de Paume, la exposición “El mundo según la IA” (1) exploró las interacciones entre la inteligencia artificial y la creación artística. Un catálogo permite revivir y prolongar aquella “experiencia” —por usar su propio léxico—, a través de los textos de Ada Ackerman, Alexandre Gefen y otros, y de más de doscientas ilustraciones; todo bajo la dirección de Antonio Somaini, comisario de una muestra que reunió, desbordando el ámbito estético, unas cuarenta obras internacionales (instalaciones multimedia, fotografía, literatura, etcétera). Comenzaba en el subsuelo, allí donde yacen las tierras raras indispensables para el mundo invisible de la inteligencia artificial (IA). Estos preciados minerales estaban dispuestos sobre un fondo negro: metáfora de las cajas negras, “espacios latentes” donde se organiza la enunciación del mundo, esos miles de millones de datos recopilados en la red (como quien rastrilla los fondos oceánicos), etiquetados y codificados por millones de “trabajadores precarios del clic”, encargados de construir los “conjuntos de datos” que entrenarán a las IA para perfeccionar la automatización de sus tareas.
Desde la extracción minera hasta la explotación de los datos, los procesos son complejos. El diagrama Calculating Empires (2023) de los investigadores Kate Crawford y Vladan Joler relata e interpreta, a través de inmensas genealogías visuales (de casi cuarenta metros cuadrados), cómo, desde el año 1500, fecha de “las primeras redes culturales y económicas de alcance mundial”, se entrelazan los sistemas tecnológicos y las relaciones de poder. Unos procesos de acumulación, control y desposesión a los que no son inmunes las IA, en cuanto objetos de cálculos matemáticos y políticos concebidos para generar esos flujos de imágenes que anexionan tanto territorios digitales como “universos cognitivos, culturales y políticos” (2).
Percibir, imaginar, comprender: estas acciones pasan por el filtro opaco de las IA. Así funcionan las analíticas, como las que utilizan los sistemas de visión artificial y reconocimiento facial para detectar, reconocer y categorizar los datos existentes, a riesgo —según los sesgos ideológicos que se infiltran en los conjuntos de datos— de falsear los resultados estadísticos (el artista y geógrafo Trevor Paglen consigue hacerlo perceptible en sus obras). Y también es el caso de las generativas, las que producen nuevos datos a partir de corpus de textos o imágenes ya existentes, sembrando así la semilla de una literatura sin autor (ChatGPT) o de una fotografía sin mirada. El resultado consagra una “visualización de datos sintetizados a partir de las imágenes almacenadas en las bases constituidas. Una imagen en la confluencia del ‘archivo y la estadística’, indisociable de la historia de la fotografía” (Noam M. Elcott y Tim Trombley), aunque prescinde de cada uno de sus fundamentos, el ojo, el encuadre, la luz, etcétera. La imagen no es más que el producto de los prompts, las instrucciones dadas a la IA para transformar estos agregados digitales en representaciones visuales.
Imágenes “sin referencia con lo real”, generadas por inteligencias artificiales tuertas, movidas por una “cognición ciega ante el mundo” que nos “vuelve ciegos ante los hechos”, observa Mathieu Corteel, filósofo e historiador de la ciencia, en un estimulante ensayo (3). Las IA, señala, se hibridan con los mundos humanos, que a su vez proyectan sobre ellas visiones antropotécnicas, cuando estas no son más que “modelos matemáticos que procesan datos”. “Ilusiones alienantes”, responsables de una “parte de sinsentido, de absurdo, en nuestros desempeños cotidianos”. Porque lo que succionan los gigantes de la red no es otra cosa que la inteligencia producida por nuestros cerebros, con la cual logran que dudemos de nuestras propias capacidades cognitivas, siempre “prontas” a ponerse en manos de un “inconsciente maquínico”.


