Una noche tuve el placer de subir por una escalera de piedra hasta el órgano de Notre-Dame, donde el organista y compositor Thierry Escaich iba a dar un concierto. Unos amigos y yo nos reunimos con él para el ensayo y pasamos dos horas bajo esa inmensa bóveda, solos en la catedral después de la hora de cierre. Thierry tocaba, improvisaba en ese extraordinario instrumento diseñado por el genial Aristide Cavaillé-Coll, y yo contemplaba las galerías que dominan la nave con la deliciosa impresión de encontrarme al mismo tiempo con el mundo medieval, la historia religiosa, literaria (Quasimodo debía de esconderse en algún lugar) y la musical, tan presente en esta iglesia donde un día de 1937 murió el famoso Louis Vierne mientras tocaba en ese mismo órgano.
Viviendo en la Île de la Cité desde hace treinta años, siempre he tenido la impresión de habitar en el “barrio de Notre-Dame” (...)