El destino de Dulce María González (Monterrey, México, 1958 – Ibídem, 2014) y su temática se entrelazan. Su poesía es trágica, brutal, como la rotura violenta de un puño; lo mismo podría decirse del sentimiento que transpira. Su último poemario, Descendencia (Vaso Roto, Poesía, 2014) sugiere marcos para la destrucción: “En el sabor apenas amargo de la soya permanece su carne”.
Su autora fue una mujer excepcional, cuyos derechos y deberes se asentaban sobre la superficie inestable de la ruptura. Al leer sus poemas escuchamos la voz de alguien que ha aceptado el don poético como una cruz, no como un regalo: “En la sala de quimioterapia se apareció la Virgen; / los enfermos la vieron levitar / entre las botellas de suero que colgaban de los ganchos”.
La poesía de Dulce María es capaz de todo el drama y, al mismo tiempo, se aleja de la mujer que escribe: “Una (...)


