Gregorio Morán tocó a los intocables. Planeta quiso censurar diez páginas pero Morán se negó (lo relata en el prólogo) y se llevó el manuscrito a otra editorial.
Morán se ocupa de quienes fueron curas y oportunamente cambiaron faldas largas por minifaldas. Habla de falangistas reciclados y de comunistas arrepentidos, todos aptos para impulsar la Transición.
Los de la generación de Azorín, aquel “radiólogo tendencioso pero tímido”, salen muy mal parados. Y los del 27 conviene ponerlos en su sitio. Dámaso Alonso, “puñetero y hábil”, Rosales (lean), los Panero obsesionados por el exhibicionismo familiar.
El cura Aguirre, “maricón y arrogante, mandarín de la cultura progresista, editor de éxito (…) y uno de los más activos colaboradores de Pío Cabanillas”. El gran capellán, amigo íntimo del asesinado estudiante Ruano, sufre. Pero es el más listo y reprimido trepador, futuro duque (consorte) de Alba, destinatario (...)


