
- Fotograma de la película Cuentos de Tokio (1953), dirigida por Yasujiro Ozu
Hubo que esperar mucho tiempo y que librar no pocas batallas para que las películas de Yasujiro Ozu (1903-1963) circulasen y generasen interés. En 1953, cuando estrena sus Cuentos de Tokio —que la revista japonesa Kinema Junpo, la más antigua del mundo en su género, situó en 2009 en lo alto de su lista de mejores películas niponas de todos los tiempos—, Ozu es un desconocido fuera del archipiélago. El cine japonés está por entonces en pleno auge, con seis grandes estudios que producen cada vez más películas (1). Pero, debido a la falta de interés, las bobinas apenas salen del país. Con todo, una primera apertura tiene lugar con el León de Oro concedido a Rashomon de Akira Kurosawa en el Festival de Venecia de 1951. Kenji Mizoguchi, que había recibido cierta atención por La vida de Oharu, mujer galante, obtiene el León de Plata en 1953 por Cuentos de la luna pálida. Los cines europeos empiezan a proyectar sus películas, pero ignoran a Ozu —al igual que ignorarán a Mikio Naruse, el último de los cuatro grandes—. Comienza entonces la batalla por Ozu.
En 1963, Henri Langlois, jefe de la Cinémathèque Française, intenta influir en los distribuidores presentando once películas de Ozu, al que califica de genio. En vano. En 1971, el periodista Max Tessier dedica un número de L’Avant-scène al cineasta. En vano. En 1978, los cines franceses por fin programan cuatro de sus películas: Cuentos de Tokio, El sabor del sake, Otoño tardío y El otoño de la familia Kohayagawa. La recepción es fría. Comienza a escribirse sobre su cine una cosa y la contraria. Así, por citar solo un ejemplo, Ozu es tanto demasiado japonés como insuficientemente japonés. En realidad, simplemente es demasiado diferente. El público no solo está desconcertado, sino que también se aburre. Como dice Jean-Michel Frodon, “la apreciación del estilo de Ozu no puede darse por sentada” (2).
Para demostrar que tras su aparente simplicidad hay una mirada sobre el mundo cotidiano discretamente conmovedora, una forma hábilmente depurada de narrar historias familiares cualesquiera, pero siempre únicas, de la clase media de un Japón en plena transformación, algunos convencidos toman la pluma e incluso la cámara. Un año después de su Palma de Oro de 1984 por Paris, Texas, Wim Wenders estrena Tokio-Ga, un documental en el cual su paseo por la ciudad lo lleva a celebrar a Ozu. Gilles Deleuze hace otro tanto en La imagen-tiempo. Estudios sobre cine 2 (1985). Unos años más tarde, el distribuidor Jean-Pierre Jackson estrena veintidós películas a través de su compañía Alive. La bibliografía se enriquece de manera impresionante. Falta lanzar una edición en vídeo. Lo hará Arte Éditions en 2004, con una colección de cinco DVD actualmente agotada (3), y especialmente la compañía Carlotta, que, además de publicar en francés los cuadernos del cineasta y el imprescindible libro de Pascal-Alex Vincent (4), ha editado veinticinco películas de Ozu desde 2019 (5). En el Dictionnaire du cinéma japonais, del que acaba de publicarse una nueva edición aumentada, Diane Arnaud ha resumido con acierto la belleza de Ozu: esta radica en su capacidad para “combinar la conmovedora banalidad de historias sencillas con el sorprendente radicalismo de la puesta en escena”, en una obra que “expresa a la perfección el sentimiento de la vida” (6).


