Le gustaba la noche. La de los encuentros, la de los placeres ilícitos. Homosexual y drogadicto, sí. Nunca lo ocultó. Imaginárselo como uno de esos dandis que brillan en las películas y series con trasfondo de cabarés berlineses no sería falso; sería algo peor. Sería borrar, bajo el cliché de lo que el pequeño burgués encandilado llama transgresión, lo más notable de la existencia de Klaus Mann (1906-1949): el rechazo activo del fascismo, en nombre de un humanismo intransigente, defensor del equilibrio entre la esfera íntima —un hogar para las sombras del alma— y la colectiva —la lucha contra el poder de la fuerza que extermina los derechos humanos.
Centrado sobre todo en la década de 1930, el retrato mental que traza Gilles Collard permite, de forma bastante impactante, situar a Klaus Mann en el paisaje intelectual de la época, como uno de sus protagonistas. Hijo de un icono —Thomas— y (...)


