
- TAYSIR BATNIJI. — Hannoun, 1972-2009
Gritos de júbilo desde los salones, lágrimas que surcan rostros fatigados por la insoportable espera del regreso, vecinos que corren a expresar sus parabienes. A finales de noviembre de 2023, un grupo de palestinas volvieron a abrazar a sus seres queridos, en algunos casos después de años de separación. Los vídeos que circulan por las redes sociales muestran la liberación casi en directo de las 156 presas de las cárceles israelíes como canje por 110 israelíes retenidos en Gaza tras haber sido secuestrados durante los ataques del 7 de octubre de 2023. Habían sido detenidas unas semanas o diez años antes, con frecuencia por motivos poco claros. Algunas de ellas son muy jóvenes, incluso menores de edad, otras, ancianas con problemas de salud.
Desde la creación del Estado de Israel en 1948, la cárcel ha ocupado un lugar central en las relaciones de dominación que estructuran la cotidianeidad de la población palestina. A lo largo de los años, la administración colonial ha superpuesto dos sistemas jurídicos, creando una “disparidad legal” sobre una base étnica: por un delito de la misma naturaleza y cometido en el mismo lugar, un palestino será juzgado por un tribunal militar, mientras que un colono lo será por un simple tribunal civil (1). Este principio discriminatorio afecta a todos los palestinos, tanto si viven en Cisjordania o Jerusalén como si son ciudadanos de Israel o residen en el extranjero. Considerados como una población sospechosa en su conjunto, para el Estado israelí son una amenaza y por tanto merecedores del estatuto de “detenidos por motivos de seguridad”. Sobre este fundamento, los palestinos se ven sometidos a un régimen de detención administrativa que permite su encarcelamiento indefinido, sin acusación formal ni proceso judicial y por causas secretas a las que sus abogados no tienen acceso. Este tipo de detención, que puede durar seis meses y ser renovada indefinidamente por un juez militar, afecta actualmente a más de 3400 palestinos y palestinas (2). En total, aproximadamente un millón de personas han conocido las cárceles israelíes desde 1948, es decir casi el 40% de la población masculina (3). En todas las familias hay algún detenido.
A lo largo de los años, los reclusos se han ido organizado para defender sus derechos y emprender acciones reivindicativas, lo que ha dado origen a un movimiento estructurado. Las primeras luchas se organizaron a partir de la década de 1970. Se centraron en las condiciones de detención y el reconocimiento del estatuto de preso político (asra/asirāt, dos términos, masculino y femenino, que también pueden hacer referencia a los prisioneros de guerra). En la década de 1980, época considerada como el periodo más activo del movimiento, se desarrolló una floreciente vida cultural y política tras los muros que llegó a convertirse en un modelo para las luchas que se libraban en el exterior. Así pues, la primera Intifada (1987-1994) estuvo dirigida en gran parte por palestinos que habían pasado por la cárcel. Los Acuerdos de Oslo (1994-1995) condujeron a la liberación de todas las mujeres y de la mayoría de los hombres. Solo 350 hombres permanecieron entre rejas, a los que se les unieron militantes de partidos islamistas que llegaron masivamente a las cárceles en el contexto de la primera campaña de atentados de Hamás y la Yihad Islámica Palestina (1993-1998). Con la segunda Intifada (2000-2005) surgió una nueva generación de presos, con menos experiencia partisana. Fragmentado políticamente y sin líderes curtidos, el movimiento de presos se fue debilitando.
Estas tendencias también han afectado a las presas palestinas, aunque su movimiento parece haber resistido mejor la descomposición. El hecho de que ellas sean menos numerosas —nunca más de un centenar encarceladas a la vez, es decir, menos del 3% de la población reclusa palestina (4)— y de que estén recluidas todas en la misma prisión ha contribuido a unificar su organización. Sin embargo, sus victorias han sido, en gran medida, silenciadas.
Orígenes sociales y experiencias políticas diversas
En la década de 1970, las primeras presas fueron enviadas a la cárcel de Neve Tirza (Ramleh en árabe), al sur de Tel Aviv. La mayoría eran militantes de la izquierda palestina o de Al Fatah y se sumaron a los llamamientos a la huelga lanzados desde las cárceles masculinas, al tiempo que protagonizaban sus propias luchas. En particular, organizaron acciones de desobediencia para rechazar las tareas que les imponía la administración carcelaria y exigir ser separadas de las presas comunes israelíes, afirmando así su identidad de presas políticas. Este periodo estuvo marcado por la personalidad de Aisha Odeh. Originaria de Deir Jarir, un pequeño pueblo próximo a Ramala del que su familia tuvo que huir durante la Nakba, y profesora de matemáticas en una escuela femenina, se afilió primero al movimiento nacionalista árabe y luego, tras su disolución, al Frente Democrático para la Liberación de Palestina (FDLP). Acusada de haber colocado una bomba en un supermercado de Jerusalén, fue condenada a dos cadenas perpetuas en 1969. Su liberación se produjo en 1979, en el marco de un primer intercambio de prisioneros.
A principios de la década de 1980, el movimiento se reestructuró en torno a una nueva generación de reclusas con menos experiencia, como Rawda Basir. Nacida en el mismo pueblo que Odeh, Basir creció siguiendo el ejemplo de esa veterana, a la que sucedió como representante de las presas. En 1985, las celdas volvieron a vaciarse en virtud de un segundo acuerdo. Fueron liberados entonces 1150 palestinos, entre ellos la gran mayoría de las mujeres encarceladas. Luego, las cárceles israelíes se llenaron de nuevo al comienzo de la primera Intifada. Entre 1987 y 1993, unas tres mil mujeres sufrieron la experiencia carcelaria. Por primera vez, simples manifestantes o familiares de militantes, que no pertenecían a ninguna organización política, fueron puestas entre rejas.
A pesar de la diversidad de sus orígenes sociales y experiencias políticas, estas presas forjaron una notable unidad. En 1995, en el marco de las negociaciones de los Acuerdos de Oslo, el director de la cárcel de Hasharon, al noreste de Tel Aviv, anunció la liberación de todas las presas (en aquel momento eran una treintena) a excepción de las siete acusadas de tener las manos manchadas de sangre de soldados israelíes. En señal de solidaridad, todas las presas se encerraron en dos celdas y se negaron a salir. Al cabo de dieciséis meses, las reclusas consiguieron que les dieran la razón. “Fue una victoria histórica, un ejemplo. Todo el mundo se quedó atónito, sobre todo los ocupantes, pero también la sociedad palestina”, recuerda Rula Abu Daho, militante del FPLP originaria de Belén, condenada a 25 años de cárcel en 1988.
Durante la segunda Intifada, los arrestos aumentaron y el número de presas llegó a 115 en 2004-2005. Entre ellas aumentó el peso de Hamás y la Yihad Islámica, lo que modificó el equilibrio político en el seno del movimiento. Aumentaron las tensiones entre las internas. La administración penitenciaria aprovechó la situación para repartir a las reclusas entre las dos cárceles, Hasharon y Damon, en función de su adscripción política, con el fin de agudizar los conflictos y quebrar la solidaridad entre las combatientes. Sin embargo, algunas figuras siguieron cohesionando el movimiento, como la carismática Itaf Alayan, liberada en 2008. La trayectoria de esta militante refleja las recomposiciones actuales: inicialmente militante de Al Fatah, durante sus múltiples detenciones, que se han sucedido a lo largo de diecinueve años desde 1989, Alayan se acercó a la Yihad Islámica y aún hoy se considera parte de ese movimiento.
En el transcurso de la última década, a medida que las presas han sido progresivamente agrupadas en la cárcel de Damon han ido incluyendo en sus filas a un número creciente de personas detenidas por actos aislados, que van desde ataques con cuchillo (con o sin consecuencias) hasta la simple participación en una manifestación, pasando por intentos de introducir teléfonos durante las visitas a la cárcel o comentarios en las redes sociales. Las detenidas son militantes procedentes de movimientos asociativos vinculados a la izquierda palestina, como Shaza Odeh y Khitam Saafin; miembros de la Yihad Islámica, como Mona Qaadan, o mujeres más jóvenes, como Ruba Asi y Elyaa Abu Hijleh, Layan Nasser y Layan Kayed, estudiantes de la Universidad de Bir Zeit (Ramala), detenidas por su participación en las actividades del Polo Estudiantil Democrático y Progresista (Qutub al Tulabi), sindicato de izquierda próximo al FPLP. Durante su encarcelamiento de varios meses, entre 2020 y 2021, estas últimas participaron activamente en la reactivación de los programas educativos destinados a las presas y desempeñaron un papel importante en la consolidación del movimiento.
La tradición educativa nació en la década de 1970. Las mujeres más instruidas impartían a sus compañeras cursos de alfabetización, se compartían libros y la radio estaba permanentemente encendida en las celdas, donde se organizaban debates con regularidad. Al descubrir estas prácticas clandestinas, la administración penitenciaria fue intensificando su control. Nacida en 1994 en un pueblo de los alrededores de Belén y encarcelada entre 2014 y 2021 tras resultar gravemente herida por unos soldados que la acusaron de intentar agredir a un colono, Amal R. (5) recuerda las tretas que ideaba junto con sus compañeras para eludir las restricciones. Mientras su marido prepara café y dulces, cuenta: “Nuestras familias iban directamente a la imprenta para insertar manuales dentro de una novela. También les cambiaban las tapas. Conseguimos así introducir muchos libros antes de que las autoridades se percataran”. Cuando prohibieron las pizarras, empezaron a utilizar una ventana de plexiglás. Cuando prohibieron dar clase en las celdas, la instrucción pasó a impartirse durante los paseos en el patio.
Violencia y humillaciones ligadas a su condición de mujeres
En la última década, las presas detenidas por actividades políticas se han encargado de organizar estos cursos de forma clandestina. Khalida Jarrar, figura destacada de la izquierda palestina, juega un papel importante. Titulada con un máster en democracia y derechos humanos por la Universidad de Bir Zeit, Jarrar dirigió la asociación Addameer de apoyo a los presos palestinos entre 1994 y 2006, y posteriormente fue elegida miembro del Consejo Legislativo Palestino (CLP), el Parlamento de los territorios palestinos administrados por la Autoridad Palestina. Afiliada al FPLP, ha estado presa en seis ocasiones desde 1989. Su última encarcelación se produjo el 26 de diciembre de 2023; en el momento de escribir estas líneas aún permanece privada de libertad y está, desde hace más de cuatro meses, en régimen de aislamiento. Desde 2015, esta militante se dedica en cuerpo y alma a volver a instaurar el sistema educativo de la cárcel israelí de Hasharon en colaboración con Lina Jarbouni, palestina de Israel afiliada a la Yihad Islámica y elegida representante de las presas. Este tipo de cooperación entre organizaciones ideológicamente distantes no es excepcional: a pesar de los momentos de tensión, o incluso de enfrentamiento, a menudo explotados por las autoridades penitenciarias israelíes, la cárcel sigue siendo un lugar de encuentro y coordinación entre las distintas formaciones, sobre todo entre las mujeres presas, menos numerosas y a menudo concentradas en un único establecimiento.
Siguiendo esta misma tendencia, durante una estancia en prisión en 2015, Jarrar y otras internas, en coordinación con los ministerios de Educación y de Asuntos de los Presos, organizaron la preparación para el tawyihi, el equivalente a las pruebas de acceso a la universidad: por primera vez, más de treinta mujeres se examinaron clandestinamente en prisión. Entre 2017 y 2020, junto con otras reclusas, Jarrar puso en marcha una formación en derecho internacional y un curso universitario de trabajo social homologado por la Universidad Al Quds de Ramala, destinado especialmente a mujeres que cumplen largas condenas.
La educación ya no es solo un medio para adquirir conocimientos y competencias, también es un arma crítica: “Resulta paradójico que, en un lugar de privaciones, hayamos sido capaces de poner en marcha una educación con la que nos identificamos, una educación liberadora, más poderosa que la de fuera. Hemos trabajado la obra de Paulo Freire [pedagogo brasileño y autor de Pedagogía del oprimido (1970), que preconiza la alfabetización militante] como inspiración: la educación que ponemos en práctica debe reflejar nuestro papel de combatientes y deconstruir todas las relaciones de poder que estructuran el mundo”, agrega Kayed. Procedente de una familia modesta de un pueblo cercano a Tulkarem, Hanin B. fue compañera de celda de Jarrar. Arrestada por sus comentarios en las redes sociales, recuerda que al principio le aburría la formación. “No entendía todos los temas, ni las conversaciones que mantenían mis compañeras de celda —recuerda Hanin B.—. Con Khalida y las demás, veíamos en la televisión un programa de actualidad que se emitía a las nueve de la noche, en silencio, bebiendo nuestro Nescafé. Luego lo comentábamos. Poco a poco, gracias a las explicaciones de las otras, empecé a comprender cosas y a participar activamente en los debates”.
El perfil y la trayectoria política de las responsables del proyecto educativo han influido en el contenido y los materiales utilizados en los cursos clandestinos. La primera generación de presas, principalmente procedentes de la izquierda palestina o de Al Fatah, leía literatura soviética y estudiaba la obra de Karl Marx y Lenin. A partir de la década de 2000, las militantes de los partidos islámicos, sobre todo las de la Yihad Islámica, estudiaban textos religiosos y ejemplos del Corán para debatir la legitimidad de la participación de las mujeres en la lucha armada o cómo conciliar vida familiar y militancia. Al mismo tiempo, los cursos de Jarrar y otras presas de la izquierda se centran en la lectura y el análisis de las obras de Maxim Gorky, Angela Davis y la activista boliviana Domitila Barrios de Chungara.
Es una paradoja de la experiencia carcelaria: en un momento en que el sistema colonial ha fragmentado el territorio palestino en islotes incomunicados entre sí (6), la cárcel se ha convertido en uno de los escasos lugares de encuentro: entre las militantes procedentes de distintos partidos, pero también entre las mujeres del campo, de ciudad y de pueblo; entre las palestinas de Gaza, Israel y Cisjordania separadas por check-points y por las autopistas reservadas a los israelíes, y entre mujeres de clases sociales muy alejadas. “En la cárcel se juntan médicas, políticas, campesinas, estudiantes, ancianas y jóvenes que nunca antes habían estado lejos de casa. Mujeres que vienen de todas partes y que se relacionan organizándose juntas”, recalca Kayed. En contacto unas con otras, aprenden y comparan sus costumbres, también comprenden el alcance y la magnitud de las violaciones infligidas por la ocupación colonial en los distintos territorios y experimentan una unidad que la colonización y la división política del movimiento palestino obstaculizan fuera de los muros.
Esta capacidad de resistencia no ha frenado el endurecimiento progresivo de las condiciones carcelarias. Además, las internas palestinas padecen violencia y humillaciones específicamente ligadas a su condición de mujeres. Las técnicas de autodefensa se transmiten, no obstante, de generación en generación, a veces nada más pisar la cárcel. Una exprisionera, por ejemplo, relata la historia de una anciana de Jerusalén, muy religiosa, que fue encarcelada para forzar a su hijo a entregarse. Otra prisionera, sentada a su lado en el jeep que las trasladaba al centro de interrogatorio, le explicó que, si los soldados la amenazaban con agresiones sexuales —violación o tocamientos—, ella debía actuar como si no les tuviera miedo: “Ábrete la camisa y actúa como si fuera algo normal. No dejes que te escandalicen o humillen con sus palabras”. Cuando uno de los agentes efectivamente empezó a amenazarla, la anciana le miró fijamente a los ojos, se desabrochó la abaya y le dijo: “¡Venga, si eres hombre, ven!”. Historias como esta también se transmiten por escrito. En 2004, Aisha Odeh relató la violación que sufrió durante su detención en su libro Sueños de libertad (7). Ampliamente difundida, la obra fue galardonada con el Premio Ibn Rushd en 2015.
Para muchas reclusas, la cárcel sirve para tomar conciencia de las relaciones de género, tanto dentro de prisión como en sus familias, en el trabajo o en la escuela. “Muchas de las mujeres que hemos conocido en la cárcel no habían recibido educación porque sus condiciones familiares eran complicadas o porque se habían casado muy jóvenes —explica Kayed—. Durante su encarcelamiento, desarrollaron una conciencia crítica, se politizaron y asumieron responsabilidades”. Al salir de prisión, algunas de ellas regresan a sus familias pertrechadas con su trayectoria militante. Otras, en cambio, sufren presiones familiares. “Sus familias temen sobre todo que vuelvan a la cárcel. Así que las encierran en casa —se lamenta Amal—. A veces he conseguido romper el aislamiento impuesto por los familiares, pero no lo he conseguido siempre…”, suspira esta activista treintañera.
Presión sobre las presas
Desde el 7 de octubre de 2023, la poca información que se filtra sobre las condiciones de encarcelamiento de los prisioneros palestinos refiere condiciones cercanas a la supervivencia. Una investigación de la CNN dio la palabra a los relatos de torturas con corriente eléctrica y violaciones en la prisión israelí de Sde Teiman (8). La presión sobre los presos ha ido en aumento en todas partes, también en los pabellones femeninos. El pasado 1 de diciembre, la asociación Addameer deploraba en un comunicado la muerte de 47 detenidos: “una cifra histórica en comparación con otras grandes revueltas y movimientos de resistencia” (9). El número de prisioneros enfermos a causa de la privación de asistencia médica y comida, y de la detención de cada vez más personas heridas se ha disparado. A mediados de diciembre de 2024, la organización humanitaria cifraba en 90 el número de mujeres encarceladas, frente a las 33 que había antes del 7 de octubre, sin contar las que se encontraban privadas de libertad en centros de detención secretos.
La cuestión de los prisioneros sigue siendo central en las negociaciones políticas. El 8 de diciembre, Hamás solicitó a varios movimientos palestinos un listado de los rehenes israelíes secuestrados durante el ataque del 7 de octubre, tanto si siguen vivos como si han muerto, de cara a un intercambio. Desde el comienzo de la guerra, una primera y única tregua de una semana, en noviembre de 2023, permitió la liberación de 105 rehenes, incluidos 81 israelíes, a cambio de 240 prisioneros palestinos, en su mayoría mujeres y menores. Entre las liberadas estaban Shourouq Dwayyat, condenada a dieciséis años en 2015, con 18 años, acusada de haber apuñalado a un colono. También Ahed Tamimi, el rostro de 22 años de la nueva generación de militantes palestinas, conocida por abofetear a un soldado israelí y detenida en Nabi Saleh, su pueblo natal, el 6 de noviembre de 2023 por “incitación al terrorismo”. Desde el canje, aproximadamente 150 mujeres palestinas han vuelto a pasar por las cárceles israelíes, cuatro de ellas estaban entre rejas antes del 7 de octubre (10).
Durante la invasión de la Franja de Gaza, las imágenes de soldados israelíes exhibiendo la ropa interior de mujer que encuentran en las casas que acaban de quemar, bombardear o saquear inundan las redes sociales. Los testimonios parecen indicar que los casos de violencia sexual se están disparando, también en prisión (11). Justo antes de ser detenida de nuevo en diciembre de 2023, Jarrar recopiló las historias de mujeres que acababan de ser puestas en libertad (12). Todas cuentan que las condiciones de detención son ahora más duras: acoso, registros corporales intrusivos, privación de productos de higiene, amenazas de violación delante de la familia, violaciones. Esta violencia, que ya existía antes del 7 de octubre, ha adquirido un carácter sistémico. Y pone a prueba la capacidad de supervivencia, de organización y de acción colectiva. Pero a pesar de este contexto, a través de los muros de la prisión siguen filtrándose historias de actos de resistencia.


