El 23 de marzo de 2009, mientras el mundo descubría el alcance de los estragos causados por la crisis de las subprime, el gobernador del Banco Popular de China, Zhou Xiaochuan, pronunció un discurso memorable. Aprovechando el desprestigio de las potencias occidentales —arquitectas del castillo de naipes que acababa de desmoronarse—, anunció que había llegado la hora de “reformar el sistema monetario internacional”.
Zhou destacaba los problemas estructurales generados por la ausencia de una moneda de reserva realmente internacional y recordaba la propuesta avanzada por el economista John Maynard Keynes en la conferencia de Bretton Woods en 1944: crear una moneda internacional llamada bancor. Por desgracia, proseguía, Estados Unidos impuso su proyecto, aun cuando todo parece indicar que “el planteamiento keynesiano era sin duda más lúcido”.
Keynes, sin embargo, imaginaba un bancor necesariamente acompañado de otro instrumento: un mecanismo internacional de compensación capaz de resolver los problemas causados por los desequilibrios comerciales. (...)


