Portada del sitio > Mensual > 2025 > 2025/05 > La izquierda de Bélgica contraria al rearme

Miradas progresistas sobre los vaivenes planetarios

La izquierda de Bélgica contraria al rearme

LUNES 24 DE NOVIEMBRE | Las huelgas en Bélgica, convocadas en tres jornadas de movilización nacional del 24 al 26 de noviembre de 2025, se producen en un momento en que la coalición “Arizona” —que agrupa a las principales fuerzas de derechas y a los nacionalistas flamencos— prepara recortes significativos en el gasto social mientras incrementa de forma notable el presupuesto militar. Esta opción presupuestaria, en línea con la dinámica de rearme europeo, está reconfigurando las prioridades políticas del país y alimenta las movilizaciones en curso. En este contexto, el análisis del PTB sobre las lógicas del rearme y sus efectos sociales aporta una perspectiva útil para comprender los actuales equilibrios y decisiones.

Peter Mertens, secretario general del Partido de los Trabajadores Belgas (PTB), que logró un gran avance en las elecciones federales de 2024, presenta el análisis de su partido sobre la perspectiva de un gran rearme europeo para hacer frente a la “amenaza rusa”. Frente al discurso dominante, nos recuerda que prepararse para la paz no puede significar necesariamente hacer la guerra.

por Peter Mertens, mayo de 2025
JPEG - 78.5 KB
ANTOINE ROEGIERS. — La Grande Parade (‘El Gran Desfile’), 2024

El regreso del militarismo alemán, la carrera armamentística en Europa y la agresividad desbocada de Washington: todo conduce a la escalada. Y, como siempre, son los de abajo los que pagan la factura… pero también los portadores de una esperanza para la paz. La guerra en Ucrania —atizada por intereses geopolíticos y por la competencia en el acceso a los recursos— ya ha causado centenares de miles de muertos y heridos y obligado a huir a millones de personas. Y a juzgar por las palabras del secretario general de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), Mark Rutte, la guerra y la escalada militar no están cerca de llegar a su fin. “La paz solo será duradera si Ucrania se sienta a la mesa de negociaciones en posición de fuerza. Para ello, necesita nuestra ayuda continua, más armas y más rápido”, declaró el pasado 13 de enero ante el Parlamento Europeo. Suponer que un número mayor de armas traerá la paz viene a ser una ilusión peligrosa, tanto para Ucrania como para Europa.

Esta guerra siempre ha tenido dos caras. Por un lado, la agresión rusa constituye una violación flagrante de la integridad territorial de Ucrania: una realidad que el Sur global —sin duda más consciente de la importancia de la soberanía y el derecho internacional— comprende a la perfección. Por otro, se trata de una guerra por delegación entre Estados Unidos y Rusia a costa de Ucrania, donde decenas de miles de sus jóvenes son enviados al frente como carne de cañón.

Washington ya no se molesta en ocultarlo: la guerra en Ucrania era una guerra por procuración, alimentada y dirigida en parte por Estados Unidos. Pero, para Donald Trump, el objetivo está claro: Rusia ya no es el principal enemigo a batir. Ahora, todos los esfuerzos deben concentrarse sobre el próximo conflicto que preparan contra China.

Básicamente, esto fue lo que afirmó Marco Rubio, elegido secretario de Estado por Trump, en su alocución ante el Senado el pasado 15 de enero: “China es el adversario más poderoso y mas peligroso al que jamás se haya enfrentado Estados Unidos. […] Cuando se escriba la historia del siglo XXI, habrá algunos capítulos sobre Putin, pero el grueso del libro tratará sobre las relaciones entre China y Estados Unidos”. Y todo porque Washington ve su hegemonía económica desafiada por Pekín, que domina varios sectores clave del futuro: los superordenadores, la energía verde, las telecomunicaciones 6G, la ingeniería aeroespacial, la biotecnología genética y los coches eléctricos. La inesperada irrupción del chino DeepSeek en el ámbito de la inteligencia artificial ilustra esta evolución actualmente en curso.

La estrategia estadounidense encaminada a prolongar la guerra en Ucrania por medio de enormes inversiones con el fin de agotar económica y militarmente a Rusia ha llegado a su fin. Washington se enfrenta a una elección: una intervención más abierta a riesgo de desencadenar una tercera guerra mundial o la búsqueda de salidas diplomáticas. Por oportunismo —que no por pacifismo—, Estados Unidos ha elegido la segunda opción confiando en cosechar cuantos beneficios pueda. Trump desea imponer un acuerdo que traslade los costes de la guerra a Europa, mientras que Estados Unidos se haría, a través de un nuevo fondo, con el control de la extracción de recursos y minerales ucranianos. Así, confía en convertir a Ucrania en una colonia: la suerte que se reserva a muchos países del Sur global.

Se advierten ahora los efectos de que los Estados europeos hayan sido incapaces, en tres años de guerra, de poner en marcha iniciativas diplomáticas serias con vistas a un alto el fuego. Sus dirigentes se obstinan en prometer una “victoria militar”, como hizo por enésima vez la alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Kaja Kallas, en la red social X, el 1 de diciembre del pasado año: “Mi mensaje es claro. La Unión Europea quiere que Ucrania gane esta guerra. Y haremos cuanto sea necesario para lograr que así sea”.

Una promesa carente de todo realismo. El 16 de noviembre de 2022, el general Mark Milley, por entonces jefe del Estado Mayor estadounidense, admitió en una rueda de prensa: “Rusia y Ucrania deben ser conscientes de la imposibilidad de una victoria militar y de la necesidad de una salida negociada al conflicto para poner fin a los sufrimientos de la guerra”. Hoy, Trump es el único que ha tomado la iniciativa y ha abierto negociaciones con Rusia. Pero, en vez de aprender de sus errores, parte de la clase dominante europea insiste en prolongar la guerra cueste lo que cueste. La Comisión Europea ha puesto en marcha —a instancias de su presidenta, Ursula von der Leyen— el plan de financiación ReArm Europe, que prevé un aumento del gasto militar de 800.000 millones de euros. Y es que, como afirma la propia presidenta de la Comisión, “si Europa quiere evitar la guerra, debe prepararse para la guerra” (1).

Los mismos que, como quien dice ayer, afirmaban que la victoria contra Moscú estaba al alcance de la mano, sostienen ahora que Rusia irrumpirá en breve en la Grand-Place de Bruselas a menos que Europa se rearme con urgencia. Rutte ha reclamado a los Estados miembros de la OTAN que aumenten sus gastos en defensa hasta el 3,5% del producto interior bruto (PIB): “Si no lo hacen —advierte—, vayan tomando clases de ruso o váyanse a Nueva Zelanda” (2).

La idea de mezclar Alemania, chovinismo y militarismo no tiene nada de bueno. Quienes crecieron en el siglo XX lo saben bien. Los fabricantes de armas del Ruhr alimentaron dos de las guerras más destructivas de la historia. Tras la Segunda Guerra Mundial, Europa llegó a una conclusión: el militarismo alemán debía quedar atrás para siempre. Hoy, sin embargo, los fabricantes de tanques están de regreso. Alemania ha de volver a ser grande. El 18 de marzo de 2025, el Bundestag aprobó la introducción de cambios en la Constitución con el fin de permitir el mayor programa de rearme desde 1945: una reforma histórica que prevé excluir los gastos militares de la normativa presupuestaria ordinaria. Se trata de un giro de 180 grados para un país donde el recurso al endeudamiento se ve sujeto a limitaciones que se tienen por sagradas. El Gobierno quiere desbloquear 400.000 millones de euros para rearmar al Bundeswehr. Lo que llevaba años siendo imposible para inversiones sociales o políticas climáticas se ha vuelto, de golpe, perfectamente hacedero. Alemania ya cuenta con uno de los mayores presupuestos militares del mundo, de cerca de 70.000 millones de euros al año. Ahora está acelerando para ponerse en modo kriegstüchtig (“lista para la guerra”).

Los platós de televisión se llenan de mercaderes del miedo. Ahora bien, sería más sensato abordar la situación con lucidez y sangre fría. El PIB de Rusia es semejante al del Benelux —Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo—. Después de tres años de guerra, el Ejército ruso apenas ha ocupado el 20% del territorio ucraniano. Lleva meses luchando —en vano— contra un Ejército ucraniano exhausto para apoderarse de la localidad de Pokrovsk. ¿Acaso sería capaz de vencer a las fuerzas combinadas de Polonia, Alemania, Francia y el Reino Unido? Incluso contando con la ayuda de tropas coreanas, a Rusia le llevó meses recuperar dos tercios de los territorios ocupados por Ucrania en la región de Kursk. Europa dispone ya de cuatro veces más buques de guerra, tres veces mayor número de tanques y dos veces más aviones de combate que Rusia. Quienes de veras quieren la paz, lo que negocian es el desarme.

Se asegura que la “capacidad de defensa” de Europa no tiene precio. Pero vaya si lo tiene. Y se abona en detrimento de las escuelas, de la sanidad, de la cultura, de la cooperación… En Bélgica, el ministro de Defensa, el nacionalista flamenco Theo Francken (del partido Nueva Alianza Flamenca) ha admitido lo siguiente: “Siempre nos hemos reído de los estadounidenses, de su pobreza, sus adicciones, la ausencia de Seguridad Social o de que una consulta en el dentista salga por mil dólares. No queríamos pasar por la misma situación porque gastaban todo su dinero en seguridad. Es evidente que resulta más agradable gastarse el dinero en pensiones, en prestaciones por paro, un modelo cubano en el que se puede salir de la farmacia con una gran bolsa llena de medicamentos por 13 euros. Pero ahora, ¿quién tiene razón?” (De Tijd, 15 de febrero de 2025). El nuevo Gobierno belga prevé reducir el presupuesto destinado a pensiones y al seguro de desempleo en cerca de 5000 millones de euros anuales de aquí a 2029. Simultáneamente, se dispone a aumentar en al menos 4000 millones de euros las partidas presupuestarias militares.

Y lo mismo sucede en toda Europa. La cotización de las acciones de los gigantes armamentísticos se dispara. BAE Systems, Dassault, Leonardo, Saab o Thales hacen caja. Y la clase trabajadora paga la factura. “Para los trabajadores, nada hay peor que una economía de guerra”, recuerda, con toda la razón, Sophie Binet, secretaria general de la Confederación General del Trabajo (CGT). A ello se le añade una militarización insidiosa de la sociedad. En Alemania, la publicidad de la empresa armamentística Rheinmetall aparece en las marquesinas de las paradas de autobús y en los estadios de fútbol, mientras que los mensajes del Bundeswehr se hacen presentes hasta en las cajas de pizzas. Mientras se glorifica el pasado y el presente militares, cada vez se impone más la peligrosa mentalidad del “o conmigo o contra mí”. En Bélgica, los que cuestionan el relato dominante se ven acusados de ser “quintacolumnistas de Putin”, como afirmó el primer ministro belga Bart De Wever ante la Cámara de Representantes del país.

La industria militar sostiene que el rearme traerá consigo un impulso económico: una idea a la que gusta de llamar “keynesianismo militar” para incitar a los Gobiernos a apoyarla de forma masiva. Mientras el sector automovilístico europeo pasa por dificultades y Alemania entra en recesión por tercer año consecutivo, la clase dirigente alemana asegura que sería preferible pasar de la fabricación de coches a la de tanques. Las familias no compran tanques, pero de algún modo habrá que venderlos y, en consecuencia, asegurarse de que se usen. La militarización de la economía inclina de forma permanente hacia la guerra.

La idea de que la industria militar crea muchos puestos de trabajo es un mito. Antes al contrario: un euro invertido en hospitales genera 2,5 veces más puestos de trabajo que un euro invertido en armas. Si de la eficacia de las inversiones en materia de empleo se trata, la defensa solo ocupa la posición número 70 entre cien sectores económicos distintos. Varios estudios muestran el impacto limitado, cuando no negativo, de dichas inversiones.

Según el nuevo Libro Blanco sobre la Defensa Europea, el 78% de las compras en defensa se realizan fuera de la Unión Europea, principalmente en Estados Unidos. El Libro Blanco promueve un cambio radical de la situación: de aquí a 2035 Europa debería producir al menos el 60% del material militar. Pero ¿es eso posible con una industria armamentística organizada a nivel nacional? Son muchas las rivalidades entre los fabricantes alemanes, franceses, italianos, españoles y británicos, todos ellos ávidos de miles de millones de euros suplementarios caídos del cielo como un maná. Mientras Berlín abre de par en par los grifos financieros para Rheinmetall y compañía, varios acuerdos de cooperación franco-italianos y franco-británicos tratan de adelantar por la derecha a los alemanes. Ni siquiera existe un mando unificado. Por más que el Instituto Kiel para la Economía Mundial abogue por que Europa cuente con 300.000 soldados más, esas tropas dependerían, en realidad, de 29 ejércitos nacionales distintos.

La carrera armamentística mundial ya no tiene límites: tras las propuestas de dedicar el 3% del PIB a gastos militares, ahora leemos que algunos reclaman llegar cuanto antes al 5%. La lógica es siempre la misma: cuando un país se moderniza, el otro le sigue. Sea cual sea el camino que siga la política de disuasión, este acabará inevitablemente por preconizar el rearme nuclear de Alemania y de Europa. En el peor de los casos, esta espiral desembocará en una gran guerra. Solo los acuerdos de desarme pueden poner coto a este peligroso torbellino. En 1962, durante la crisis de los misiles de Cuba, fue la diplomacia —y no la lógica militar— la que logró que se evitara el apocalipsis nuclear. La Unión Soviética retiró sus misiles de la isla y Estados Unidos desmanteló discretamente los suyos en Turquía e Italia. No se firmó ningún acuerdo formal: un simple apretón de manos entre grandes potencias bastó para apaciguar el enfrentamiento. Es precisa una diplomacia pragmática, pero también un movimiento antibelicista fuerte, susceptible de ejercer presión desde abajo.

El primer ministro belga Bart De Wever y sus acólitos gustan de citar una frase de finales del Imperio romano: “Si vis pacem, para bellum” (‘Si quieres paz, prepárate para la guerra’). Nunca ha sido una consigna de paz, sino siempre de militarización, cuando no de guerra. Y a los romanos no les ayudó gran cosa: décadas más tarde, su imperio se desmoronaba. La realidad es sencilla: si quieres guerra, prepárate para la guerra; si quieres paz, prepárate para la paz.

NECESITAMOS TU APOYO

La prensa libre e independiente está amenazada, es importante para la sociedad garantizar su permanencia y la difusión de sus ideas.

(1) Discurso de la presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen sobre la defensa europea en la Real Academia Militar de Dinamarca, Copenhague, 18 de marzo de 2025.

(2) “Rutte dice a Europa: inviertan en defensa o aprendan ruso”, 15 de enero de 2025, https://europeannewsroom.com

Peter Mertens

Autor de Mutinerie. Comment notre monde bascule (Agone, 2024) y secretario general del Partido del Trabajo de Bélgica (PTB).