La literatura y el cine han rodeado a los venenos de un halo de misterio haciéndolos quizás más tolerable que otros instrumentos asesinos como las armas blancas o de fuego posiblemente por su carácter aparentemente incruento o por el anonimato en el que, frecuentemente, quedan los que los utilizan. Pero este embeleso se desvanece cuando al envenenamiento se le pone nombres y apellidos como cuando el 25 de septiembre de 1997 agentes del Mosad inyectaron en Amman a Khaled Mishal, líder del movimiento palestino Hamás, una dosis letal de levofentanyl y descubiertos los asesinos tuvieron que intervenir el rey de Hussein y el presidente Clinton para que el primer ministro Netanyahu, que había ordenado el envenenamiento, autorizara el suministro del antídoto que le salvó la vida.
En este libro Adela Muñoz, catedrática de Química en la Universidad de Sevilla, se esmera en relatar con rigor, respeto y sutil ironía episodios de (...)


