Durante su visita a Roma el 24 de octubre de 2022, Emmanuel Macron se reunió con el papa Francisco durante casi una hora. En el transcurso de esta audiencia a puerta cerrada, el jefe de Estado francés se distanció de los llamamientos al diálogo entre Moscú y Kiev formulados por el obispo de Roma: “Una paz es posible, solo aquella que [los ucranianos] decidan, cuando la decidan, y que respete sus derechos como pueblo soberano” (1), declaró en aquella ocasión el presidente.
Desde el comienzo de la guerra, las posiciones adoptadas por el jefe de la Iglesia católica han incordiado, y hasta irritado, a las cancillerías occidentales y de Ucrania. En Pascua, el viacrucis organizado por el Vaticano, durante el que dos familias, una rusa y otra ucraniana, llevaron juntas un crucifijo hasta el Coliseo, indignó a las autoridades políticas y religiosas de Kiev, que lo vieron como un deseo de repartir culpas entre ambas partes. A principios de mayo, lo que hizo el pontífice fue ya directamente incendiar el polvorín (2): preguntándose por las raíces del conflicto, aludió a “los ladridos de la OTAN [Organización del Tratado del Atlántico Norte] a las puertas de Rusia”. Se rozó nuevamente el incidente diplomático en agosto, cuando Francisco manifestó pesar por la muerte en un atentado de Daria Dugina, hija del teórico ultranacionalista ruso Alexander Dugin. “Gente inocente paga por la guerra”, dijo en una audiencia general. El embajador ucraniano ante la Santa Sede, Andriy Yurash, se escandalizó de inmediato en Twitter: “No se puede hablar en idénticos términos del agresor y de la víctima”. El nuncio apostólico en Ucrania fue convocado por el Ministerio de Asuntos Exteriores en Kiev y el Vaticano aclaró en un comunicado que la declaración del pontífice debía leerse como “una voz que se alza en defensa de la vida humana (...) y no como un planteamiento político”, y denunció la invasión de Ucrania como “moralmente injusta, inaceptable, bárbara, insensata, repugnante y sacrílega”.
A Francisco se lo tacha a veces de ingenuo y otras de complaciente con el Gobierno ruso. La clave de esto último sería el acercamiento con intenciones ecuménicas iniciado hace varios años hacia el Patriarcado de Moscú. En febrero de 2016, el papa se reunió con el jefe de la Iglesia ortodoxa rusa, Kirill, en el aeropuerto de La Habana. Fue un acontecimiento sin precedentes desde el cisma entre católicos y ortodoxos de 1054. Los dos líderes religiosos firmaron una declaración considerada demasiado conciliadora por los grecocatólicos de Ucrania, de rito bizantino pero adscritos a Roma y con un largo historial de persecuciones por parte de Rusia. El texto hacía un llamamiento a la “reconciliación allí donde existan tensiones entre grecocatólicos y ortodoxos” y lamentaba el “enfrentamiento en Ucrania, que ya se ha cobrado muchas vidas”.
Por mucho que se diga, el sumo pontífice condenó la invasión de Ucrania ya el 27 de febrero, a los tres días de iniciarse la operación. Según contó más tarde, al día siguiente de la agresión se presentó en persona ante el embajador ruso en el Vaticano para pedir una audiencia con el presidente Vladímir Putin, a la que este nunca dio mayor curso. “Ucrania ha sido atacada e invadida”, volvió a escribir sin ambigüedades en un libro, publicado el 14 de abril en italiano y que ha pasado desapercibido en muchos países (3).
Francisco tampoco ahorró críticas al patriarca Kirill, valedor espiritual de Moscú desde 2009. Dice haberle instado a no ser un “clérigo de Estado” o “el monaguillo de Putin” (4). Su tono hacia el Kremlin incluso se ha endurecido ante la amenaza de usar armas nucleares. A mediados de septiembre, cuando conversó con los periodistas durante el vuelo hacia Kazajistán, consideró por primera vez “moralmente aceptable” armar a la resistencia ucraniana frente a la agresión rusa, siempre que esta ayuda no estuviera motivada por el comercio de armas o el deseo de intensificar la guerra. Más adelante, comparó la agresión a Ucrania con dos trágicos episodios del siglo XX: el Holodomor, la gran hambruna de Ucrania provocada por las políticas de Iósif Stalin en 1932 y 1933, y la no menos mortífera Operación Reinhard, llevada a cabo por la Alemania nazi en la Polonia ocupada, entre 1942 y 1943, contra judíos y gitanos. Sin embargo, se mantienen dos constantes: los llamamientos al alto el fuego y el hecho de que nunca se nombre a Vladímir Putin como principal culpable del conflicto, aunque a principios de octubre le rogara “detener la espiral de violencia”. Se entiende que ambas actitudes van de la mano: “El Vaticano ha tardado en hablar del agresor, Rusia, porque siempre hay que mantener la puerta abierta al diálogo, esta es la gran tradición del Vaticano”, analiza Nicolas Senèze, periodista de La Croix.
Orígenes de la diplomacia vaticana
Las raíces de esta tradición vaticana se remontan al siglo XIX. A partir de 1870, la pérdida de los Estados pontificios dejó al Papado sin gran parte de su territorio. Entonces, sobre todo a partir del pontificado de León XIII (1878-1903), la Iglesia católica reconfiguró su papel diplomático como el de un mediador entre las grandes potencias. Los Acuerdos de Letrán, firmados en 1929 entre la Santa Sede e Italia, estipulan que la primera “desea permanecer y permanecerá ajena a las competiciones temporales con otros Estados y a las reuniones internacionales convocadas con este fin, a no ser que las partes en litigio apelen unánimemente a su misión de paz, reservándose en cada caso el derecho de hacer valer su poder moral y espiritual”. Esto no impide que reconozca la legítima defensa. “Mientras exista riesgo de guerra y no haya una autoridad internacional competente dotada de fuerzas suficientes –afirma la constitución pastoral Gaudium et spes, de 1965–, no se puede negar a los gobiernos el derecho de legítima defensa una vez agotadas todas las posibilidades de solución pacífica”.
Con estos principios por bandera, los sucesivos papas generalmente se han abstenido de apoyar las guerras occidentales. En 1962, durante la crisis de los misiles, el llamamiento a la paz de Juan XXIII favoreció las negociaciones entre John F. Kennedy y Nikita Jrushchov. El Vaticano siempre se ha opuesto al embargo a Cuba, criticando conjuntamente que se vulneren las libertades (5). Juan Pablo II, acérrimo anticomunista, se acercó al presidente Ronald Reagan para debilitar al bloque del Este en la década de 1980 (6), pero no por ello dejó de condenar las acciones militares de Washington contra Irak en 1991 y sobre todo en 2003.
Tras Benedicto XVI, que se mantuvo en un discreto segundo plano en la escena internacional, Francisco desea dar un nuevo impulso a la diplomacia vaticana. En enero de 2014, en su primer discurso ante el cuerpo diplomático, se refirió a Benedicto XV, quien, durante la Primera Guerra Mundial, abogó por la “fuerza moral de la ley”, superior a la fuerza “material de las armas”. En varias ocasiones, ha hecho suya la famosa exclamación de Pablo VI en las Naciones Unidas en 1965: “¡Nunca más la guerra!”.
Con esta herencia papal viene a mezclarse el estilo propio del actual obispo de Roma. “Se dice que no es un teórico, pero eso no es del todo cierto –insiste Senèze–. Tuvo una formación filosófica y ha recibido la influencia de la teología del pueblo, según la cual el Evangelio se encarna en determinadas culturas”. Rama de la teología de la liberación desarrollada principalmente en la Argentina peronista, la teología del pueblo enraíza la justicia social en la fe cristiana, al tiempo que considera el marxismo con ojos críticos. Esta teología explica en parte la insistencia del papa Francisco en la desigualdad social, la ecología y las migraciones, pero también su mayor atención a las “periferias” del mundo, rompiendo con el tradicional eurocentrismo del Vaticano para centrarse más en los países del Sur (7).
Absoluto rechazo a la guerra
Este planteamiento lo ha llevado a distanciarse de la Casa Blanca y sus aliados en más de una ocasión. En 2013 se opuso a una intervención militar de París y Washington en Siria contra el régimen de Bachar el Asad, ante el temor de una posible escalada (8). A diferencia de los países occidentales, la Santa Sede mantiene su embajada en Damasco, al igual que en Irak (9). Siempre en Oriente Próximo, Francisco criticó el uso de drones, de robots asesinos y de inteligencia artificial por parte de las Fuerzas Armadas estadounidenses, así como la retirada del presidente Donald Trump del acuerdo nuclear con Irán en 2018 (10). Ese mismo año firmó un acuerdo con Pekín por el que reconocía a los obispos nombrados por el régimen, exponiéndose a una rebelión en la Iglesia clandestina china, pero también en los círculos católicos estadounidenses (11). “Aunque hay voces, sobre todo entre los católicos de China, que dicen que hay que seguir oponiéndose al régimen hasta que caiga, como ocurrió en Rusia –analiza Jan de Volder, historiador católico y miembro del movimiento de Sant’Egidio, que obra por la paz y ofrece mediación en determinados conflictos–, el papa y la diplomacia vaticana han elegido la vía del diálogo en lugar de la polarización”. Comparado con Juan Pablo II, “el papa de una guerra entre dos bloques”, explica el periodista Nicolas Senèze, Francisco sería un “no alineado” en una “Iglesia globalizada y multipolar”. Francisco no quiere ser “el capellán de Occidente” (12), explica el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado de la Santa Sede, sobre el tema de Ucrania. “Se niega a hacer él lo que Kirill ha hecho por Rusia”, especula por su parte Alfonso Zardi, delegado general de la representación francesa de Pax Christi, el movimiento católico internacional por la paz.
El pontífice argentino no pierde ocasión de denunciar el aumento de los presupuestos militares. Ve avecinarse una tercera guerra mundial, librada “por separado” a través de diversos conflictos, que son otros tantos escenarios de enfrentamiento a distancia entre grandes potencias. Escasamente interesado en la estrategia militar, Francisco insiste en su absoluto rechazo a la guerra. Tanto es así que, en octubre de 2020, en su encíclica Fratelli tutti, ofreció una redefinición sin precedentes de los criterios de la “guerra justa”, “que hoy ya no apoyamos”, puntualizó. “Ya no podemos pensar en la guerra como en una solución, porque probablemente los riesgos siempre serán mayores que la hipotética utilidad que se le atribuye”.
El concepto de “guerra justa”, ya presente en Cicerón, fue desarrollado –por San Agustín en el siglo IV y luego sobre todo por Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII– con el fin de aportar matices al pacifismo por principio de los primeros cristianos. Según esta doctrina de la guerra justa, el uso de las armas puede ser moralmente aceptable bajo ciertas condiciones muy precisas y restrictivas. “Se trata de una cuestión difícil para los cristianos por los pasajes del Evangelio que son claramente no violentos”, señala Christian Mellon, sacerdote jesuita del Centro de Investigación y Acción Social de Saint-Denis. Esta doctrina, aunque relativizada en la Iglesia a lo largo del siglo pasado, sigue figurando en el Catecismo de la Iglesia Católica, publicado en 1992. En ruptura con la tradición diplomática del Vaticano, Francisco recupera un pacifismo fundamental y aboga por la abolición de las armas nucleares, más allá de condenar su uso. Denuncia el “poder económico-tecnocrático-militar” por el que los “poderosos” dominan el mundo (13). Propone que los gastos militares se destinen a un fondo mundial para “erradicar el hambre y fomentar el desarrollo de los países más pobres”.
El papa ofrece sus buenos oficios para interceder entre Moscú y Kiev. De momento, solo el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, le ha invitado a mediar, pero se rumorea que hay contactos diplomáticos. “¿Se están moviendo ya las cosas en esa dirección? De ser así, no lo vamos a gritar a los cuatro vientos. Es algo que siempre se lleva a cabo con cierta discreción”, nos confía un diplomático vaticano que recuerda el papel desempeñado por Francisco en el acercamiento entre los presidentes Barack Obama y Raúl Castro (14). El papa parece aislado, un pacifista convencido en una época en la que “todo el mundo tiene un punto belicista”, sobre todo en Occidente y en Europa del Este, según De Volder. Aunque se declara “pesimista”, el obispo de Roma es tajante: “Debemos hacer todo lo posible para detener la guerra” (15).


