Francis Bacon (1909-93) conversa con Franc Maubert y lamenta que en la pintura contemporánea todo sea falso y artificial. A él le interesa la pintura de verdad, la que no miente. Admira a Picasso que “retorció el cuello del academicismo” ¿Y Balthus?, pregunta su interlocutor. “Academicismo logrado”.
Los cuerpos que retrata Bacon son el reverso de la moneda (comercial) del caricaturista Botero. Me imagino a los grotescos personajes de Botero recibiendo una salvaje paliza con las brochas sanguinolentas de Bacon. Se acabó la parodia. El truco del humor.
En la pintura, y en las palabras que tratan de explicarla, Francis Bacon huye de la tentación sarcástica. La serie de príncipes de la iglesia solo puede ser obra de alguien que ha dicho: “Me eximo de las religiones”, y se acerca a Joyce como un modelo de creación que en Ulises “ha torturado, triturado, despedazado el idioma”. Todo ello (...)

