Se hunde en el corazón inquieto de la prosa poética el anhelo constante: “Aquí siguen sin pasar aviones. Ni se ven sus líneas en el cielo de la tarde”. Se abre paso a una apreciación de nuestra curiosidad compartida en el poemario Motosierra, a través de su motivador propósito moral. Seguras de que la globalización nos disloca de nuestro entorno, las acciones claramente expresadas por el poeta Andrés Fisher (Washington D. C., 1963) ilustran la homogeneización que sigue colonizando las mentes tanto como los cuerpos, bien entrado el siglo XXI: “Palos de rugby, espléndidas casas, callejones de infraviviendas bajo el mismo cielo azul celeste”.
Frente al perpetuo vacío de significado, la vitalidad inquisitiva Fisher deja espacio para verbales ligerezas, mientras nos anima a experimentar perspectivas personales nacidas de nuestras propias fallas, conscientes de que “el deseo es la mejor guía. Lo que mantiene (girando) la rueda”. Al mantener al lector a distancia de la individualidad del interlocutor, el estudioso y traductor de la obra de Haroldo de Campos reafirma la singularidad que agudiza nuestro interés por el desencanto existencial: “Una moneda para el silencio y otra para los gatos que no lo pisan en la noche”. Hemos leído Motosierra con hambre de autenticidad, oscilando entre las cosas y su imagen, entre materiales inmateriales, hasta alcanzar la materialidad remota de unas composiciones donde “no yerra la motosierra sino erra la mano que la aferra porque la tierra espanta el filo de los dientes de hierro que no yerran de la sierra”.
Motosierra
Andrés Fisher
Varasek, Madrid, 2024, 90 páginas, 15 euros.


