
Edificios destruidos en pleno Teherán y columnas de humo alzándose sobre el horizonte: este 13 de junio —viernes, un día dedicado a la oración—, el ataque tan temido desde hace años acaba de empezar. Desde las primeras horas, los residentes más acomodados huyen de la capital iraní para dirigirse a sus chalés a orillas del mar Caspio. Largas filas se extienden delante de las estaciones de servicio y las tiendas de alimentación. Muchos trabajadores pierden sus escasos ingresos y se sumen en la precariedad mientras el jefe de la Policía solicita la ayuda de testigos para dar con los “terroristas” camuflados entre la población.
“Nos enfrentamos a una amenaza inminente, existencial”, afirmaba el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu en una entrevista concedida a la televisión estadounidense, a lo que añadió, como es su costumbre, unas cuantas “revelaciones” imposibles de verificar, pero susceptibles de hacer mella en la opinión pública: “Irán ha (...)



