La muerte de un emigrado constituye una “hora de la verdad”, cuando salta por los aires la ambivalencia de una vida “ni de aquí ni de allá”, entre la ausencia y la doble pertenencia. Según el sociólogo Abdelmalek Sayad, que introdujo el concepto de “doble muerte”, la emigración es una primera muerte de naturaleza social y cívica, una ruptura con la ciudadanía y las solidaridades originarias; la muerte física es la que acaba cerrando esa muerte inaugural de un ser amputado de antemano de una parte de sí mismo.
“Aquí he perdido la salud. No tengo ahorros. No tengo casa. Volver así es una vergüenza”, nos confesaba Rachid R., un chibani (“anciano”) nacido en 1957 en Argelia y hospitalizado en Lyon. En las entrevistas realizadas a los inmigrantes magrebíes cerca del final de su vida aparece continuamente un sentimiento de culpa: no haber vuelto, haber fallado a la familia, no haber (...)


