Al iniciar cada capítulo, el lector de Lobo Antunes suele, instintivamente, calibrar su envergadura porque precisa imperativamente saber hasta cuanto necesitará contener la respiración. Adentrarse en uno de sus libros es hacer un ejercicio de inmersiones sucesivas, a pulmón libre, en una laguna de palabras de fondos removidos tratando de descubrir entornos y quehaceres de los personajes. Y así una y otra vez, capítulo tras capítulo, hasta alcanzar el final liberador. Sólo entonces el lector tiene la impresión de haberse sentido espectador de una historia de seres humanos de la que cree haber captado la esencia, que es quizás a lo más a lo que se puede aspirar al husmear en la vida de otros.
Aquí, Lobo Antunes esboza el ordinario sórdido de la vida de una familia –abuelo, hermano, padre, madre, prima Hortelinda– y sus adláteres –criadas, médico, administrador– en un Portugal rural y decadente, al igual que lo ha (...)


