“Empujo la pesada puerta de hierro y entro al taller. Parece la puerta de entrada en el ascensor de una mina. Es como si uno pasara de una vida normal a una vida anormal, una suerte de descenso a los infiernos… […] Sin dejar de trabajar, pienso en algo aterrador: lo que estamos haciendo aquí no es un trabajo, es como un castigo. Entonces, ¿por qué sufrir sin decir nada? […] ¿Qué pecado cometimos para estar condenados a semejante faena? ¿Estarán castigándonos, a nosotros los obreros, por el simple hecho de querer llevar una vida normal?
Cuando se habla de racionalización, enseguida se piensa en algo muy razonable, teórico, pero […] para el obrero no es más que una restricción antirracional. […] Podría comparárselo con el sistema imperial, caracterizado por la irresponsabilidad. El jefe del equipo dice: “Esto que les digo es una orden que viene de arriba”. El capataz: “Les (...)


