Después de haber aceptado a las mujeres en los aviones caza, el Ejército israelí se plantea dejar de prohibirles los tanques. Al formar parte de los muy pocos países en los que el servicio militar no está reservado a los hombres, Israel informa activamente sobre sus mujeres soldado, musas de un Ejército que sería el más moral del mundo. ¿Acaso no designó también la “única democracia de Oriente Próximo” a una primera ministra, Golda Meir, en 1969?
La página web del Ejército dedica una sección a las mujeres, alabando la “bravura” de las combatientes “feroces” que patrullan a lo largo de la frontera. En los manuales escolares de Historia, los clichés de jóvenes mujeres soldado atléticas en uniforme, con metralletas Uzi colgadas en bandolera y con el rostro maquillado de color camuflaje se unen a las fotografías de pioneras que trabajan la tierra, pavimentan carreteras y montan guardia en los kibutz. Ambas series de imágenes, unidas por la misma mitología de un sionismo igualitario y moderno (1), cuentan con la misma parcialidad, dejando en la sombra la ambivalencia de la función social de las mujeres en Israel.
“Incluso en los primeros kibutz –que serán marginales–, las mujeres desempeñaban muchas más tareas en las cocinas, los huertos, las guarderías y las lavanderías colectivas que en los campos y las fábricas”, recuerda la investigadora Sarai Aharoni, que nos recibe en el Centro Feminista de Haifa. Aunque la declaración de independencia y la ley de 1951 proclamaban el principio de la igualdad de género, los pioneros no eran, desde luego, feministas. Para los padres fundadores, el primer deber de la mujer en el Estado que se estaba construyendo consistía en asegurar la supervivencia del pueblo judío. No traer al mundo “al menos a cuatro niños” significaba traicionar la “misión judía”, advertía el primer ministro David Ben Gurión, quien introdujo en 1949 la iniciativa “Madres heroicas”, la cual recompensaba el nacimiento del décimo bebé. Además, hasta los años 1960, los anuncios de nacimientos en los periódicos celebraban la llegada de un “nuevo soldado para las Fuerzas Armadas israelíes”. La carrera demográfica con los palestinos ha reactualizado sin cesar esa conminación natalista. No sin éxito: con una media de 3,1 hijos por cada mujer israelí, el país registraba en 2015 la tasa de fecundidad más elevada de los miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), así como de la región del Mediterráneo (junto con Egipto) (2).
Limitada al trabajo reproductivo del “frente doméstico”, la mujer no ocupaba casi ningún lugar en el discurso guerrero de Theodor Herzl. En su diario, el fundador del sionismo se preguntaba si los judíos europeos, “criaturas del gueto, discretos, modestos, timoratos”, serían capaces de comprender su llamamiento a la libertad y a la “virilidad”. La masculinidad del nuevo judío, fuerte y musculoso, se forjaría a través de la aptitud para el combate en el seno de un poderoso ejército ciudadano. A las mujeres solo les quedaba el lugar de madres y de esposas amantes de los guerreros...
Los valores jerárquicos y autoritarios del Ejército, institución central del país, calaron en todos los círculos de poder a medida que los oficiales jubilados iban siendo propulsados a la cabeza de los ministerios, grandes empresas, universidades e incluso... del principal movimiento pacifista: Paz Ahora fue creado por trescientos oficiales reservistas. “Para que la organización pareciera creíble en las cuestiones de seguridad tenían que ser altos rangos del Ejército quienes se expresaran. Solo los hombres podían firmar la petición”, recuerda Hannah Safran, infatigable activista feminista, lesbiana y antisionista de Haifa, miembro de Mujeres de Negro, que se manifiestan cada viernes contra la ocupación de los territorios palestinos. “También por eso las mujeres tuvieron que crear sus propios colectivos por la paz –explica–. Y, además, algunas comprendieron que les interesaba hablar en calidad de madres de soldados, como el movimiento Cuatro Madres, que militaba por la retirada del Líbano Sur a finales de los años 1990...”.
Aunque la virilidad conquistadora se exacerbó tras la victoria de la guerra de los Seis Días en 1967 y la ocupación de Cisjordania y de Gaza, las feministas establecen un paralelismo entre la violencia de los soldados que reprimieron la primera Intifada en los territorios ocupados en 1987 y la de la violencia machista en sus hogares –que aún mata en la actualidad a unas veinte mujeres al año–. “Una de las primeras causas de las feministas fue la lucha contra la violencia machista, precisamente porque era compatible con un papel viril y protector del hombre”, señala la investigadora israeloestadounidense Galia Golan, quien creó el primer departamento de Estudios Femeninos de Israel en 1981, en la Universidad Hebraica.
A partir de finales de los años 1980, las cuestiones planteadas por las investigadoras y activistas durante la década precedente penetraron en la esfera institucional. “Los años 1990 representan la década de la revolución legislativa feminista –continúa–. No obstante, la cifra de mujeres en la Kneset [el Parlamento israelí] era tres veces inferior a la actual, pero entonces eran feministas”. Se aprobaron más de un centenar de leyes, sobre todo por la igualdad en el trabajo y en el Ejército, así como contra el acoso sexual. La creación de números de emergencias y de casas de acogida para responder a las situaciones de violencia machista iba sensibilizando a la opinión pública. En 1995, el Tribunal Supremo aceptó la solicitud de Alice Miller, que quería realizar el examen de piloto para el Ejército del Aire: el 92% de los cargos militares están abiertos actualmente a las mujeres soldado e incluso tienen derecho, desde hace cerca de diez años, a servir en tres unidades de combate mixtas. Una unidad creada en 2001 asesora al jefe del Estado Mayor sobre las cuestiones relativas ya no a las mujeres, sino al “género”, un cambio de denominación decidido en 2016 que revela una institución puntera con respecto al vocablo de rigor en los círculos feministas.
Sin embargo, sobre el terreno, solo el 7% de las mujeres acceden a las unidades ofensivas. “Somos guerreros. Intentamos mantener una imagen guerrera”, declaraba el pasado mes de noviembre en el Times of Israel el general de brigada Guy Hasson para justificar su decisión de reservar los tanques a los hombres. Ya que las unidades de combate son precisamente las que propulsan a los rangos más altos, las mujeres experimentan dificultades para ascender en la jerarquía. Solo una, Orna Barbivai, ascendió a general, el segundo grado más elevado de la institución, antes de jubilarse en 2014.
En la práctica, los progresos legislativos tardan en producir efectos concretos en el ámbito social: la diferencia global de remuneración por un empleo a jornada completa es de un 22%, lo que hace de Israel el cuarto país de la OCDE con más desigualdades al respecto. Pese a todo, “la condición de las mujeres progresa globalmente”, zanja Rachel Azaria. Esta diputada cuadragenaria del partido de centroderecha Kulanu –miembro de la coalición gubernamental– nos recibe en su despacho, presidido por una fotografía de su modelo a seguir, Hillary Clinton. “Por primera vez representan más de una cuarta parte de los diputados en la Kneset. Karnit Flug dirige el Banco Central, [Rakefet] Russak-Aminoach se encuentra a la cabeza del banco Leumi, los pocos partidos que cuentan solamente con hombres son denunciados públicamente”, asegura la exadjunta del alcalde de Jerusalén que se hizo célebre tras su batalla, en 2008, contra las compañías de transporte que habían retirado su fotografía de candidatura de los autobuses que circulaban por los barrios ultraortodoxos.
Un centenar de leyes para la igualdad en el Ejército
Azaria pertenece a la corriente de la ortodoxia “moderna”, que considera que la estricta observancia de las leyes y de las costumbres es compatible con la integración en la sociedad contemporánea y con el sionismo. Esta corriente se distingue de los 830.000 ultraortodoxos o jaredíes, quienes intentan evitar, en la medida de lo posible, cualquier contacto con la sociedad y los estudios profanos, a la vez que mantienen normas específicas relativas a la vestimenta. Se alegra en particular del reciente auge de lo que denomina un “feminismo ortodoxo”: “Desde la creación del país, el Gran Rabinato de Israel siempre ha mantenido un enfoque ortodoxo –incluso ultra– de la halaja [ley religiosa], que encierra muchas desigualdades y reserva a los hombres algunos derechos en la oración –explica–. Ahora bien, desde hace algunos años, asociaciones feministas recientes como Kolech logran la inflexión de algunas de estas normas. Hoy en día, las mujeres son más fuertes en los bet midrash [los centros de estudios avanzados de la Torá] y en las sinagogas. Son más numerosas las que se consideran con derecho a estudiar el Talmud y cantar las oraciones”, se congratula. Y prosigue: “En 2014, Rachel Fraenkel, la madre ortodoxa de uno de los adolescentes secuestrados y asesinados por Hamás, recitó en público el kadish por su hijo durante el entierro, una oración de duelo que habitualmente solo los hombres tienen derecho a pronunciar en el seno de esta comunidad. Los grandes rabinos presentes no podían negárselo. Así es como avanzan las cosas”. Según Tehila Nahalon, feminista ortodoxa y miembro de la asociación Shaharit en Jerusalén, “hay que acabar con el monopolio de Estado del Gran Rabinato y abrir los servicios religiosos a la competencia con las corrientes reformistas y conservadoras menos estrictas; que cada uno pueda elegir a su rabino, como en Estados Unidos”.
Incluso entre los jaredíes (literalmente “aquellos que temen a Dios”) se asiste al nacimiento de una corriente que se califica como “feminista”. “Nuestro punto de partida se encuentra mucho más alejado que el de las feministas ortodoxas”, explica Racheli Ibenboim, de treinta años, con quien nos encontramos alrededor de un café en la Colonia Alemana, uno de los pocos barrios de la ciudad donde aún se cruzan judíos laicos y religiosos de todo tipo. Prometida a los dieciocho años con un hombre al que había visto veinte minutos en total, esta vecina del célebre barrio ultraortodoxo de Mea Shearim se muestra muy lúcida sobre las limitaciones de su campo de actuación. “No podemos, en absoluto, plantearnos expresar reivindicaciones sobre la práctica religiosa, por la igualdad en la oración por ejemplo. Por el contrario, podemos luchar en los aspectos profanos de nuestras vidas, es decir, por la presencia de las mujeres en los partidos ultraortodoxos y por la igualdad salarial en la educación y el empleo”. Quiso presentarse a las elecciones municipales de Jerusalén en 2013, pero dio marcha atrás tras haber recibido amenazas. “Como más de la mitad de los hombres jaredíes no trabajan para dedicar sus jornadas al estudio bíblico y las prestaciones familiares han descendido, sus esposas son las que llevan el dinero a casa –añade–. El 80% de ellas poseen un empleo, es decir, la misma proporción que entre las mujeres laicas, pero ganan un 40% menos porque sus puestos requieren poca cualificación y los empleadores se aprovechan de la fuerte competencia entre ellas. Pero la simple idea de que aquellas que antaño estaban encerradas en su hogar puedan realizarse con una carrera interesante ya es un enorme progreso”. A pesar de que la mayoría de las mujeres jaredíes se veían empujadas a convertirse en maestras de educación infantil o primaria, de forma que permanecieran en el interior de la comunidad y no se expusieran al modo de vida laico, el insuficiente número de puestos las incita a diversificar y profundizar sus estudios, sobre todo en el ámbito de la alta tecnología. “En mi entorno, todas me dan las gracias a la vez que admiten alegrarse de que no sea su hija...”.
Tribunales completamente masculinos
La obligación religiosa, invisible para quienes viven en la “burbuja” occidental y laica de Tel Aviv, se vuelve pesada en algunos barrios de Jerusalén y en el resto del país, donde las normas de “modestia” femenina y de separación por sexos se imponen cada vez más. “Es fácil ser multiculturalista y tolerante cuando se vive en Tel Aviv y ver a un ultraortodoxo es algo deliciosamente exótico”, bromea Azaria. Aunque es moneda corriente acusar a los jaredíes, que aplican normas patriarcales restrictivas, el problema ahonda sus raíces en el hecho de que ningún Gobierno, ni de izquierdas ni de derechas, ha planteado nunca una separación completa de la religión y el Estado. ¿Y cómo sería posible? Ya que el proyecto sionista de “derecho al regreso” de los judíos en Palestina está escrito en la Biblia, los (aunque muy laicos) padres fundadores de Israel siempre procuraron mantener el vínculo con la tradición judía, otorgar garantías a las autoridades religiosas y dejar relativa autonomía a la pequeña comunidad ultraortodoxa, a riesgo de someter a las mujeres a prohibiciones.
Puesto que las grandes formaciones políticas no pueden formar coaliciones estables sin sus votos, los pequeños partidos religiosos han sacado provecho de su participación en casi todos los Gobiernos a cambio de diversas garantías. Entre las ofrecidas en 1947 por David Ben Gurión como contrapartida del reconocimiento del Estado de Israel por el partido Agudat Israel figura el mantenimiento de la jurisdicción religiosa sobre el derecho de familia –de conformidad con una tradición heredada del sistema otomano de los millet–. Incluso aunque, desde 2001, los casos de custodias de niños y de pensiones alimenticias también pueden ser tratados por órganos civiles competentes, los tribunales rabínicos, dominados por la corriente ultraortodoxa, siguen siendo los únicos competentes para pronunciarse sobre las bodas y los divorcios entre judíos. Ahora bien, esos tribunales son espacios completamente masculinos: como no pueden acceder a la figura de rabino, las mujeres no pueden convertirse en juezas rabínicas, y tampoco pueden ser escuchadas como testigo. Peor aún, el acta de divorcio (el guet) no puede obtenerse sin el consentimiento del marido, quien dispone así de una temible arma de chantaje para obtener modalidades de separación ventajosas. Si él se niega, su mujer no puede volver a casarse; y si esta tiene más hijos, son considerados como mamzer (bastardos). Según Ruth Halperin-Kaddari, investigadora en la Universidad Bar-Ilan, alrededor de 100.000 augnah (“encadenadas”) se encuentran hoy en día en la tesitura de renunciar al divorcio o aceptar términos injustos.
Las exigencias ultraortodoxas de segregación por sexos y de “pudor” femenino van en aumento. El caso de Bet Shemesh, cuyo equilibrio demográfico cambió bruscamente con la llegada masiva de una comunidad jaredí a finales de los años 1990, fue divulgado ampliamente en 2011, después de que extremistas provenientes del grupo fundamentalista Edah Haredit hubieran agredido a una niña de 8 años cuando iba de camino al colegio. Nili Philipp, madre de cinco hijos de origen canadiense, nos habla compungida sobre las piedras y los escupitajos que le lanzaban cuando corría o iba en bici por esa ciudad que también era la suya. “Al ser yo misma ortodoxa moderna, no iba vestida de manera provocadora: llevaba la cabeza cubierta y no vestía pantalones cortos. Pero el simple hecho de ver a una mujer correr era inaceptable para ellos”. Al volante de su vehículo todoterreno, nos lleva a visitar algunos barrios “acaparados” por los “hombres de negro”, señalando los carteles pegados en los inmuebles que prohíben a las mujeres llevar pantalones y “vagar” por la acera. Inmersa en un pulso jurídico continuo contra el Ayuntamiento para que se retiren las pancartas, declaradas ilegales por la Justicia en 2015, Philips ya ni siquiera se cubre la cabeza. “Cuando me agredieron, ningún jaredí vino a socorrerme, entendí que iba a tener que defenderme sola. Si quieren ser patriarcales, deben protegernos. Así que si no son capaces, que no me pidan entonces seguir siendo una pequeña mujer pasiva”.
No obstante, los ultraortodoxos, que representan el 11% de la población, no son los únicos responsables de la creciente influencia de la religión en la vida cotidiana. En efecto, los nacionalistas religiosos, que representan en torno al 10% de la población, están más integrados: al no dedicar sus jornadas al estudio bíblico, trabajan y efectúan el servicio militar como los judíos laicos. Pero se muestran cada vez más rígidos en la práctica de su fe, obligando a sus hijas a llevar faldas tan largas como los jaredíes e imponiendo igualmente la separación por sexos en las escuelas, las colas de los supermercados, los centros sanitarios, los autobuses y hasta en el Ejército. Ya que, aunque la institución militar ha sido el escenario de grandes progresos en términos de igualdad de género, también se sitúa en el punto de mira de una eficaz ofensiva del rabinato ortodoxo. Este último ha conseguido que los soldados religiosos no estén nunca solos en compañía de una mujer, durante el servicio de guardias o en un coche, que no reciban formación por parte de instructoras y que puedan servir en unidades de combate 100% masculinas.
La población es tan heterogénea socialmente y las fuerzas regresivas tan poderosas que resulta difícil afirmar con tanta certitud como lo hace Azaria que la condición femenina mejora en Israel. “En general, las asquenazíes [de origen europeo] que viven en los centros urbanos siempre han sido más afortunadas que las mizrajíes (3) instaladas en las periferias, quienes a su vez son más afortunadas que las palestinas”, recuerda Orly Benjamin, investigadora en la Universidad Bar-Ilan. Ciertamente, los innegables avances en términos de derechos y de visibilidad de las mujeres en los círculos militares, políticos y espirituales desde los años 1990 coinciden con una creciente precariedad para la mayoría. Las políticas de liberalización y de austeridad presupuestaria, implementadas por el Likud desde su llegada al poder en 1977, fueron reforzadas en 1985 en nombre de la lucha contra la inflación, precisamente en un momento en el que la demanda de servicios públicos sociales aumentaba vertiginosamente bajo el efecto de las grandes olas migratorias rusa y etíope. Mientras que los acuerdos de Oslo iniciaron a mediados de los años 1990 un periodo de fuerte crecimiento (4), mizrajíes y palestinas se vieron penalizadas por el desbloqueo diplomático, que permitió sobre todo a Israel entrar de lleno en la globalización y deslocalizar la producción textil, trasladándola a países antaño enemigos: las fábricas que empleaban a palestinas en Galilea, en el norte del país, y a mujeres mizrajíes en el Néguev se trasladaron a Jordania y a Egipto. Con la afluencia de trabajadores extranjeros, numerosas palestinas israelíes que trabajaban en los kibutz como empleadas del hogar, auxiliares para personas dependientes o agricultoras fueron reemplazadas por inmigrantes filipinas y tailandesas, percibidas como más seguras después de la primera Intifada. Como resultado, el índice de empleo de las palestinas con ciudadanía israelí (que representan el 20% de las mujeres en Israel) se encuentra entre los más bajos del mundo: el 31% posee un empleo, frente al 79% de las judías laicas.
Las feministas asquenazíes hacen caso omiso de lo social
En 2003, el país sufrió una recesión sin precedentes. El entonces ministro de Finanzas Benjamín Netanyahu ahondó aún más en las reformas estructurales. Mientras que el Estado no escatima gastos para la defensa, la colonización y la construcción del muro de separación, el presupuesto social se ha reducido drásticamente. Tras la fachada de la “nación start-up”, Israel se está convirtiendo en el Estado del mundo desarrollado con las desigualdades económicas más importantes, pues una de cada cinco familias vive en la actualidad bajo el umbral de la pobreza. “Israel no es un país donde se viva bien, ni siquiera para los hombres judíos –resume Revital Madar, activista feminista–. Si no eres rentista o banquero, la vida es dura”. El desmantelamiento del Estado social golpea a las mujeres de tres maneras. En primer lugar, a través del deterioro del sistema de guarderías que permitía a las madres trabajar, al menos a tiempo parcial: solo el 20% del medio millón de niños de menos de tres años tiene acceso a una guardería pública y subvencionada. En segundo lugar, a través de la reducción de las prestaciones familiares, sobre todo para madres solteras, que complementaban los salarios de los trabajos a tiempo parcial: de estas, un 81% trabaja, pero una cuarta parte vive bajo el umbral de la pobreza. En tercer lugar, a través de la supresión de empleos públicos de calidad: mientras que el 70% de las mujeres en activo trabajaba para el Estado a comienzos de los años 1980, ya no eran más que el 17% en 2013.
¿Cómo han podido las feministas pasar por alto semejante degradación? “Los primeros grupos feministas israelíes estaban sobre todo compuestos por asquenazíes de las clases medias y superiores. Sus referentes eran las mujeres y las hijas de la elite militar y política, como Yael Dayan, hija de Moshe Dayan, ex jefe del Estado Mayor e importante político. A menudo activas en los movimientos de paz, se interesaban más por las palestinas que por los problemas sociales de las mizrajíes, a pesar de que constituyen la mitad de la población, y que siempre han sufrido racismo y paternalismo por parte de la elite asquenazí”, analiza Henriette Dahan-Kalev, investigadora en la Universidad Ben Gurión de Beerseba y miembro del grupo feminista mizrají Achoti (“mi hermana”), fundado en 1999 precisamente para representar las necesidades de las “olvidadas” del feminismo liberal: mizrajíes pero también etíopes, palestinas, beduinas e inmigrantes de países africanos. “El movimiento de protesta contra la reducción de las prestaciones sociales en 2003 no fue liderado por ninguna de esas intelectuales asquenazíes –continúa–, sino por Vicki Knafo, una madre soltera mizrají de Mitzpre Ramon, una ciudad obrera del sur del país”. Al enterarse de que las prestaciones que complementaban su trabajo a tiempo parcial como cocinera se verían prácticamente reducidas a la mitad, comenzó una marcha de doscientos kilómetros para interpelar a Netanyahu en Jerusalén. “En la actualidad, las feministas asquenazíes tienen el pasatiempo de batallar por la igualdad en la esfera espiritual, convertirse en rabinas, estudiar el Talmud –constata–. Las mujeres mizrajíes aún están luchando en el terreno económico y social, contra los estragos de la globalización, para poder estudiar y obtener un título, un alojamiento y ayudas correctas”.
“Mientras Israel sigue siendo una potencia militarista, etnicista y colonial, en estado semipermanente de guerra, la prioridad será la seguridad y las demás consideraciones –ecologistas, sociales, feministas– pasarán siempre a un segundo plano”, constata Madar. Este complejo de la “ciudadela asediada” es particularmente visible en las situaciones en las que el bienestar de las mujeres entra en contradicción directa con los valores ligados a la seguridad, como en los casos de acoso sexual en el Ejército, sancionados por lo penal en muy escasas ocasiones. El último escándalo: el general de brigada Ofek Buchris, que sobresalió durante la operación “Escudo Defensivo” de 2002, fue degradado al rango de coronel tras haber sido acusado de violación por dos mujeres soldado voluntarias en 2016. En su defensa, el general de división Gershon Hacohen incluso se atrevió a invocar la Biblia y comparar a Buchris con David, quien siguió siendo rey de Israel a pesar de que había abusado de Betsabé. “En lugar de ser un violador, es un héroe nacional”, resume Madar.
“Mesa de la cocina sin armas”
El tratamiento político de la violencia machista es otro ejemplo de la reducción de la causa femenina con respecto a la prioridad de la seguridad. Indispensable ante la amenaza terrorista, numerosos agentes privados llevan un arma de fuego, que a veces utilizan contra sus cónyuges. Así, entre 2002 y 2013, 33 personas –de las cuales dieciocho mujeres– fueron asesinadas de esta manera, hasta que una ley promovida por la campaña feminista “Mesa de la cocina sin armas” les impidió llevar su arma a casa en 2013 y redujo a cero el número de muertos. Un paréntesis efímero: tras la “Intifada de los cuchillos” de 2015, el Gobierno alentó de nuevo a los israelíes a armarse y la Kneset aprobó en marzo de 2016 una enmienda que daba marcha atrás en esa ley. Además, el conflicto israelo-palestino sitúa a las mujeres víctimas de violencia machista ante un dilema. Las palestinas israelíes en particular, quienes constituían una cuarta parte de las mujeres asesinadas por su cónyuge entre 2009 y 2013 aunque representan el 10% de la población, se muestran muy reticentes a denunciar ante la Policía. Cuando algunas palestinas crearon el 1994 el movimiento El Fanar (“el faro”) para romper el tabú sobre los “crímenes de honor”, fueron tratadas de traidoras. Igual que la violencia machista y el acoso sexual, las dificultades económicas y sociales de las mujeres son consideradas como algo secundario: los medios de comunicación cubrieron la marcha de protesta de Knafo hasta el día en el que un atentado suicida palestino acaparó el foco mediático, enterrando la causa de las madres solteras, que no obtuvieron nada.
“No es una casualidad que los avances legislativos más importantes para las mujeres coincidan con los años [de los acuerdos] de Oslo y cierta desmilitarización de la sociedad: se podía hablar de otra cosa que no fuera la seguridad”, analiza Safran. En efecto, numerosas activistas asocian emancipación y lucha contra la ocupación. Para Safran, ambos combates son indisociables. Cuando su hijo quiso realizar el servicio militar, publicó una tribuna en la que decretaba que no lavaría su uniforme.
Si es difícil afirmar que la condición femenina progresa en Israel, es también porque todo depende del criterio seleccionado. Para una mujer que realiza el servicio militar aumentan las posibilidades de desarrollar una carrera profesional satisfactoria, pero se arriesga en gran medida a sufrir alguna forma más o menos grave de agresión sexual –que afecta a una de cada ocho militares según un informe parlamentario de 2013–. También renuncia a protestar contra el militarismo de la sociedad israelí... Pero, ¿acaso tiene elección?


