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Música

El rap de la diáspora sudanesa

por Jean-Christophe Servant, marzo de 2025


Tras la revolución popular de diciembre de 2018, que desembocó en la caída de Omar al Bashir, Sudán, el tercer país más extenso de África, con una población de cincuenta millones de habitantes y situado en la confluencia de las culturas árabe y subsahariana, empezó a soñar con una nueva era creativa, comparable a la edad de oro de la década de 1960. El azul, color de la protesta, y el hip-hop conquistaron a la juventud urbana. Fue entonces cuando regresaron, después de catorce años marginados, los padrinos de este género musical: los integrantes del grupo NasJota. Jóvenes como A.G, con su Sudan Bidon Kizan, pusieron banda sonora a esta breve época de esperanza. Cazadores de vinilos en busca de joyitas olvidadas y productores occidentales pusieron rumbo a Jartum. Entre ellos, los zahoríes del sello estadounidense Ostinato Records, con el resultado de dos magníficos álbumes grabados in situ: Beja Power! (2022) es una inmersión relajante —con saxofón, congas y guitarras— en la música de la minoría beja de orillas del mar Rojo, marginada por la antigua dictadura; Synthesized Sudan (2024) es todo lo contrario: tan electrizante como frenético. Eran tiempos en que la música del teclista Jantra sonaba sin parar en las henna, las fiestas previas a las bodas en el triángulo de Al-Fashaga.

La contrarrevolución del 15 de abril de 2019 frustró aquellos sueños: los músicos de Beja Power! se han separado. Jantra, por lo que cuentan, malvive en su vulnerable provincia, lamentando la escasez actual de matrimonios. Más de dos millones de sudaneses se han visto obligados a huir del país, entre ellos muchos jóvenes artistas que emergieron en 2018 y que no han tenido más remedio que engrosar las filas de la diáspora. Particularmente la de Estados Unidos, donde viven más de 60.000 sudaneses-estadounidenses: Ahmed Gallab, conocido como Sinkane, por ejemplo, acaba de grabar su octavo álbum, un energético cóctel de góspel, afrobeat, funk y disco (1). Pero las voces más nuevas —y más rabiosas— del Sudán de fuera se expresan sobre todo desde Yeda, Dubái y, especialmente, El Cairo, capital de un país que hoy acoge a más de 500.000 refugiados del sur. A principios de año, Rap Shar3, uno de los programas de hip-hop más populares del mundo árabe, coordinado por el egipcio Nour El Din, conocido como BlackB, presentó una selección de trece jóvenes raperos huidos del país (disponible en YouTube). El tema de Hypher, un rapero de poco más de veinte años, “Kanet Ayam Ya Watany” (‘Qué tiempos aquellos, tierra mía’), incendió las redes sociales, desde el Mediterráneo hasta el Golfo Pérsico. “Han masacrado nuestro país, se han repartido su herencia, jurando protegerlo con sus sucias manos”, declama el joven en árabe, apuntando luego a los beligerantes: “Fuck Hemeti, fuck el caqui, fuck el día que te trajo aquí”. “El uso de palabrotas en inglés es una tendencia reciente, señal de la ira y frustración de muchos”, explica la actriz sudano-australiana Yassmin Abdel-Magied en la publicación digital New Lines Magazine (24 de junio de 2024). Un siglo después del poema anticolonialista de Obie Al Nur (2), prosigue, el enemigo ha cambiado de rostro, “pero el mismo anhelo de liberación” impulsa a esta nueva generación. Hypher, Bas, Ayman Mao, Flippter, Soulja, Tageel, Dafencii… Cuanto más se les escucha, menos dudas caben: la historia de Sudán también se está escribiendo en rap.

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(1) We Belong, City Slang, 2024.

(2) Escrito en 1924, su poema Umm Dhafayir, que llamaba a los jóvenes a levantarse contra el yugo británico, dejó honda semilla en las letras de muchos músicos de la época anterior a la independencia.

Jean-Christophe Servant

Periodista.

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