
“Próxima parada: Eisenhüttenstadt”, crepita una voz en los altavoces. El inmenso espacio industrial que atraviesa el tren a ritmo lento inspiró el nombre de la localidad, cuyo equivalente en castellano podría ser “Ciudad Acería” o “Siderurgiópolis”. Tras los cristales desfilan edificios fabriles y chimeneas humeantes. Como si se tratara de arterias, las tuberías oxidadas serpentean alrededor de los altos hornos y los silos ajados antes de desaparecer en el interior del corazón de acero.
Aunque actualmente ya solo emplea a 2700 personas —frente a sus cerca de 12.000 obreros en la gran época de la República Democrática Alemana (RDA)—, la acería y sus altos hornos siguen siendo el corazón de Eisenhüttenstadt. La ciudad es una de las más jóvenes y más fascinantes de Alemania. En 1950 los dirigentes de la RDA decidieron levantarla para que albergara a los empleados de la fábrica y sus familias. Los arquitectos encargados del proyecto vieron (...)


