¿Y si los Estados Unidos de América no fueran, a fin de… cuentos, más que un gran espejismo que condena a sus habitantes a una huida perpetua, a vagar en pos de inalcanzables paraísos? Tal es el destino de los personajes retratados por Jayne Anne Phillips en Night Watch (1).
1874, Virginia Occidental. La guerra de Secesión “terminada nueve años antes seguía enturbiándolo todo”: recuerdos, itinerarios, deseos. Para ConaLee, de doce años y ya adulta, para su madre Eliza, parapetada tras un muro de silencio, para sus padres, el verdadero y el que pretende serlo, y para todos los que pasan —exsoldados, vagabundos amnésicos, mujeres que acarrean pesadas cargas— no hay más horizonte que la huida hacia lugares extraños. Como ese enclave para alienados, Trans-Alleghenie, a la vez recinto cerrado y tierra de asilo, poblado de vigilantes, “centinelas” que tratan de arreglar el mundo y restañar heridas, adonde madre e hija acuden; como esos hospitales de guerra donde se atiende a los heridos graves; como esos pueblos y ciudades a los que se llega por la necesidad urgente de escapar de un destino con frecuencia insidioso. Con esta inquietante novela, ganadora del Premio Pulitzer de Ficción 2024, Jayne Anne Phillips evoca “un silencio más allá de todo dolor”, agitando las sombras de una historia colectiva con la que el presente aún no ha saldado cuentas.
En la década de 1930, la periodista y novelista Sanora Babb (1907-2005) visita un campo federal destinado a los pequeños agricultores de Oklahoma, Texas y Kansas, obligados a abandonar sus cultivos tras la crisis de 1929 y catastróficas tempestades de polvo (el Dust Bowl). Se dirigen al oeste y sus vergeles. Sanora Babb, ciudadana de firmes convicciones izquierdistas (figurará en la “lista negra”), primero les ayuda y más tarde trata de narrar su historia. Recoge testimonios y toma numerosas notas para escribir la novela de su peregrinación forzada. Narra su empeño por quedarse en sus granjas, incluso en las hipotecadas, su capitulación cuando todo se vuelve imposible, su viaje hacia California, nueva tierra prometida donde podrán trabajar... Una vez allí, no tardan en darse cuenta de que solo son “negros blancos”, sometidos a la arbitrariedad de los terratenientes y a la hostilidad de una población también preocupada por su futuro inmediato. Whose Names Are Unknown fue escrita en 1937 (2). No se publicó hasta 2004. John Steinbeck tuvo conocimiento de las notas de trabajo de Sanora Babb y se inspiró en ellas. Cuando esta última entrega su novela a su editor, ya es demasiado tarde: recuerda demasiado a Las uvas de la ira, que acababa de publicarse y goza de un éxito considerable.


