Tal vez uno de los clichés más extendidos es el que trata de separar imagen y relato en torno a la imagen como si de piezas que no formen parte de la misma construcción autoral se tratase. Por eso, cuando un fotógrafo habla, giramos la cabeza aun a riesgo de, por querer mirar, vernos convertidos en estatuas de sal. Y es que, en muchas de las imágenes de Sebastião Salgado, como escribió Christian Caujolle, late cierta simbología religiosa y en ellas, apuntamos, se cruzan dos imaginarios: uno que roza lo real –del que participan el fotógrafo y la persona que contempla una foto– y otro que roza lo que no conseguimos racionalizar. Como la desesperanza y la esperanza en ese echar a andar una y otra vez. Como la solidaridad. Como pensar lo imposible y reforestar con dos millones de árboles la Mata Atlántica para que el jaguar pueda regresar.
Salgado (...)


