Antonio Ferres es un superviviente de grave intensidad, según las resonancias más profundas del término. Porque en ningún momento quiso hacer dejación de su memoria, ni se postró ante el cúmulo de artimañas retóricas con las que determinadas políticas quisieron imponernos su estética y excluir, por incómodo, el carácter vibrante, el retorno reflejo y el testimonio esencial de la cultura. Esta situación incómoda la ha defendido Ferres desde una insistencia literaria creciente y depurada, desde el oficio labrado cada día frente a la desatención de una crítica que, en general, prefiere encuadernar rutinas que descubrir valores.
Si entre nosotros existiera la pudorosa elegancia del sonrojo algunos debieran abdicar de su impostado papel de predictores al no haber percibido la singularidad, la potencia, la hondura, de un poemario, “La inmensa llanura no creada”, de hace muy pocos años, con el que Ferres se sitúa en un espacio prominente de la (...)


