Al cabo de varias líneas de lectura me sentí en el mismo mundo de mitos y leyendas que pueblan El lenguaje de las fuentes (Lumen, 1993) y creí rejuvenecer veinte años. Al igual que entonces, Gustavo Martín Garzo regresa al mundo bíblico para esbozar el retrato de María en su época de mocedad, cuando la futura madre de Jesús aún no sabía que estaba destinada a ser lo que se dice.
Se trataba de retomar el personaje de El lenguaje de las fuentes, lo que exigía al autor una extrema coherencia, pues ya que en su primera obra la virgen era manca, también habría de serlo en las próximas apariciones (a menos de un milagro). Este libro no podía desmentir al primero. Pero detrás de esa imperfección virginal, late la idea de que, en el fondo, todo ser humano es incompleto, está haciéndose a cada momento, y la vida es una (...)


