No tiene el chic de los bulevares parisinos, ni el trazado rectilíneo de las avenidas de Manhattan. En sus riberas hay hoteles de lujo y garitos inmundos donde se consume sexo barato. Se dice que su nombre proviene de la voz árabe “ramla” (arena) y la sombra de sus árboles cobija a paseantes incesantes. Los más visibles son los turistas bulliciosos de clase media baja a los que, avispados o resignados comerciantes venden sombreros mejicanos como si fueran los típicos del país.
La Rambla de Barcelona, metáfora de la vida y del teatro del mundo, ha sido tema costumbrista y carril de apasionado descenso a los infiernos populares para escritores de la burguesía local. Esta antigua riera, frontera entre la ciudad medieval y sus arrabales, es hoy un canal por el que se deslizan los signos, las tensiones y la pesadumbre de la globalización.
El recorrido fotográfico por la Rambla realizado por (...)


